domingo, 24 de noviembre de 2024
Excursionistas
domingo, 17 de noviembre de 2024
Rituales
domingo, 10 de noviembre de 2024
Brote psicótico
domingo, 3 de noviembre de 2024
Las tres Evas
domingo, 27 de octubre de 2024
Levitantes
domingo, 20 de octubre de 2024
Rituales
domingo, 13 de octubre de 2024
El liquidador
domingo, 28 de julio de 2024
Pasajeros
domingo, 21 de julio de 2024
Amistosas
domingo, 14 de julio de 2024
Terrón de azúcar
domingo, 7 de julio de 2024
El juego quimérico
domingo, 30 de junio de 2024
No estaba muerto
domingo, 23 de junio de 2024
El vestido de la boda
Érase una vez un vestido rojo con lunares blancos, de corte ajustado y escote pronunciado. Lo vio en el escaparate de una tienda de segunda mano y se enamoró al instante. Era la prenda perfecta para la boda de su mejor amiga, que se celebraría dentro de un mes. Entró en el comercio y preguntó por el precio. Era una ganga: solo diez euros. Ensayó en el probador y se miró al espejo. El atuendo le quedaba como un guante, pero no precisamente en el buen sentido. Le apretaba tanto que apenas podía respirar. Le marcaba los rollitos de la cintura, le hacía bolsas en las caderas y le acentuaba el busto hasta el punto de parecer vulgar.
—No me queda bien— se dijo con tristeza.
Pero no pudo resistirse a comprarlo. Tal vez si adelgazaba unos kilos podría lucirlo sin complejos. Se lo llevó a casa y lo colgó en su armario, como un trofeo, como un desafío.
Desde ese día se propuso hacer dieta y ejercicio para entrar en el vestido alunarado. Se apuntó a un gimnasio cercano y empezó a ir todos los días después del trabajo. Corría en la cinta, levantaba pesas, hacía abdominales y sentadillas. Sudaba como nunca y se dolía de todos los músculos. También cambió sus hábitos alimenticios: dejó de comer pan, pasta, dulces y frituras; se alimentaba a base de ensaladas, frutas, yogures y agua.
Cada semana se probaba el vestido para ver cómo le estaba. Al principio no advertía mucha diferencia y seguía sintiéndose apretada e incómoda dentro del traje. Pero poco a poco su cuerpo fue moldeándose hasta conseguir, al cabo de tres semanas abrocharse la cremallera sin dificultad y moverse con soltura, iluminándose su cara.
Su carácter perfeccionista le hizo continuar porque quería ser la más atractiva de la ceremonia, y deslumbrar a todos con su figura escultural. Así que siguió con su rutinaria dieta, ejercitándose hasta el día anterior al bodorrio.
Esa noche se lo volvió a probar por última vez y comprobó que la vestimenta le quedaba holgada, sobrándole centímetros por todas partes. Incrédula se percató que había adelgazado tanto que se había pasado de talla al perder más peso del necesario, por esa exagerada obsesión de embutirse en la vestidura colorada.
Se miró al espejo sin reconocerse en aquella mujer enflaquecida y demacrada, de mejillas hundidas y ojos tristones, con los huesos marcados bajo una piel exangüe. Se observó irreconocible y lloró con desconsuelo porque no había una indumentaria alternativa para ponerse al día siguiente, ni tiempo para arreglar aquel infortunio.
El desenlace de este cuento se ve venir de lejos porque es cuando el narrador mete el bisturí y construye una historia extractiva de sus divagaciones y extravíos, sin importarle despistar al lector, exagerando el desastre que, en la realidad, toma otro cariz muy diferente al que él idea.
De esa forma es capaz de contar que la protagonista se quitó el vestido rojo con rabia y lo tiró al suelo que, en ese instante, cobra vida propia moviéndose como una serpiente que se arrastra hacia ella, enrollándose alrededor de sus piernas como una boa constrictora y apretándose contra su cuerpo.
La mujer entonces siente que el atavío le aprieta el cuello y le impide tomar aire e intenta quitárselo con las manos, pero el tejido, demasiado fuerte y resistente, no cede. Grita y pide auxilio sin que nadie la oiga porque está en casa sola a merced de aquel trapo maldito.
En un flashback, recurso que introduce el cuentista, la hace recordar la primera vez que lo vio en la tienda y cómo se prendó del mismo. También tiene que rememorar cómo se había esforzado por adelgazar para poder exhibirlo en la boda de su mejor amiga. Pensó en todas las horas que había pasado entrenando, las comidas que había rechazado, las privaciones sufridas.
Había perdido su salud, su belleza y su alegría por culpa de aquella tela: un vestido que ahora quería matarla. Se arrepintió de haberlo comprado, de su deseo compulsivo y de obsesivo apasionamiento, en un momento que era tarde para lamentarse.
En la culminación de su desvarío, el autor escribe que la vestimenta le apretó aún más el cuello y le rompió la tráquea. La mujer dejó de respirar y cayó al suelo sin vida. El vestido rojo se soltó de su cuerpo y quedó tendido junto a ella, como una mancha de sangre sobre la alfombra.
domingo, 16 de junio de 2024
La realidad irreal
domingo, 9 de junio de 2024
‘Escriturientos’
—A ti no te pasa que cuando
escribes dejas blancos en el papel que después completas.
—Sí, a veces, cuando escribo es
como si armara un puzle donde hay piezas que no encajan y otras que no
aparecen.
—Y qué haces entonces.
—Me tomo un par de copas.
—Para tener más agudeza mental
supongo.
—No, que va, a la tercera copa,
las palabras se transforman en hormigas.
—Y qué haces con las hormigas.
—Dejarlas que se ordenen solas.
―Y si no lo hacen.
—Las fumigo y dejo el papel en
blanco.
domingo, 2 de junio de 2024
Cambios
Alberto, cercano a la sesentena, pulcro y canoso, caminaba
lento por el paseo marítimo, con la mirada perdida en el horizonte de un día descolorido.
El sol, tímido entre las nubes, proyectaba sus rayos crepusculares tiñendo de
naranja los edificios y las copas de los árboles. Alberto suspiró. La soledad
lo envolvía como una capa invisible cada vez más pesada.
Su vida había cambiado de ritmo desde hacía unos años. Su
matrimonio, antes tabla de estabilidad y rutina, se había extinguido en un mar
de reproches y desapegos. Sus hijos, dos jóvenes con profesiones liberales bien
remuneradas, habían emprendido su propio camino, ahondando más la sensación de vacío
y silente incomodidad.
Alberto, con el corazón aun latiendo por las brasas de un
amor marchito, se había propuesto reinsertarse en el ámbito social. Anhelaba
nuevas amistades, quizás un nuevo amor, que le permitieran llenar el vacío que
habitaba en su interior. Sin embargo, pronto se topó con una realidad que lo
desarmó: el mundo había cambiado, y él ya no era el centro del escenario.
Las mujeres, antes relegadas a un segundo plano, ahora
brillaban con luz propia. Ocupaban puestos de poder, lideraban proyectos,
expresaban sus opiniones sin timidez. Su voz, otrora suave y sumisa, ahora
resonaba con fuerza y determinación. Alberto, por su parte, se sentía como un
actor secundario en una obra donde antes era el protagonista.
En las citas, las mujeres conversaban con soltura sobre sus
logros profesionales, sus viajes y sus sueños. Alberto, con sus anécdotas de
oficina y sus planes de fin de semana, se sentía desfasado, como un fósil
viviente en un mundo en constante evolución. Incluso percibía cierta mirada
condescendiente en algunos ojos femeninos, como si "ser hombre" ya no
fuera un valor en sí mismo, sino un concepto anticuado, tal vez hasta
devaluado.
Esta nueva realidad lo perturbó profundamente. Comenzó a
elaborar una teoría, casi una paranoia, que lo atormentaba: ante el
empoderamiento femenino, muchos hombres, especialmente los más jóvenes, se
plantearían cambiar de sexo para obtener las ventajas que ahora ostentaban las
mujeres.
Imaginaba una sociedad futura donde los roles se invertían
por completo. Hombres convertidos en mujeres, ocupando puestos tradicionalmente
femeninos, buscando la protección y el cuidado que antes brindaban. Un mundo
donde la masculinidad tradicional, con su fuerza física y su espíritu
competitivo, era ridiculizada y obsoleta.
Alberto se sentía perdido en este nuevo paradigma. No sabía
cómo adaptarse, cómo encontrar su lugar en un mundo que ya no lo reconocía. La
soledad lo acorralaba cada vez más, y el miedo a la irrelevancia lo consumía
como una lenta agonía.
Caminando por el paseo marítimo, Alberto se detuvo frente a
un grupo de jóvenes que charlaban animadamente. Entre ellos, vio a un chico de
cabello castaño y ojos verdes, con una sonrisa radiante que contagiaba alegría.
De pronto, una idea descabellada cruzó su mente: ¿y si él también...?
La idea lo asustó, pero al mismo tiempo lo intrigó preguntándose
si sería posible cambiar su destino, reescribir su historia, o podría convertirse
en alguien nuevo, alguien que encajara en este mundo cambiante.
Alberto miró hacia el horizonte, donde el sol se hundía
definitivamente en el mar, dejando atrás un cielo teñido de colores anaranjados
y violetas. Un nuevo día estaba por llegar, y con él, la oportunidad de
reinventarse.
Con un paso más firme, Alberto reanudó su camino, decidido a
enfrentar sus miedos y a descubrir un nuevo lugar en un mundo que ya no era el
que él recordaba.
domingo, 26 de mayo de 2024
Cuentos de hoy día
Los cuentos modernos no tienen terapia contra la narrativa que describen. No son como aquellos otros que contenían una enseñanza o moraleja. Sus personajes hoy son seres atribulados en un mar de confusión, desgarro y supervivencia. Los interpretan quienes encuentran en el final la solución de su historia. Le ocurre al protagonista de este cuento quien lleva negándose a ser sí mismo desde que era un joven estudiante de Medicina. Entonces se propuso como reto personal sacarse una carrera pero desde que comenzó sabía que él no curaría a nadie, que todo lo que hiciera como galeno no serviría para sanar a los pacientes y que no valdría la pena ejercer su profesión. Y así estuvo dedicado a la práctica médica durante décadas hasta que empezó a ser tratado por sus colegas bajo el síndrome de no quiero ser yo mismo porque niego lo que soy y quién soy. No importaba la vida que había vivido, ni sus tres maravillosas hijas, ni sus nietas, ni el largo pacienciario de su compañera. Sabía que la vida era un absurdo dentro de un absurdo y que su conciencia era el soporte de esa aberración existencial. Ni sufro ni padezco, solía señalar a quienes lo interpelaban. Desanclarlo de donde estaba era inverosímil para todas las personas que acudían en su ayuda, en las que estaba incluido él. Su negación era la afirmación que lo negaba y lo hacía navegar sonámbulo por los días. Seguramente morirá de viejo y no de incertidumbre y, por ello, cuando se sitúa frente a él, es como la imagen depositada en la capa de plata del espejo donde se observa un cuerpo encarcelado semejante al suyo, imposible de sacarlo de ahí si no es rompiendo la estructura silicatosa.
domingo, 19 de mayo de 2024
Relaciones laborales
Tengo la fortuna de tener un jefe excepcional, que se desvive por nosotros y nos tiende la mano en todo momento. Es el alma de nuestra sección, formada por una docena de empleados. Jamás nos alza la voz, pero en ocasiones debe acatar decisiones drásticas, que contrarían sus sentimientos hacia nosotros y su criterio sobre lo que sería equitativo. Nuestro jefe nos confiesa que su superiora no es una villana, sino más bien todo lo contrario. Mantienen una excelente relación y comparten pasión por el deporte, del que conversan y se narran peripecias. El inconveniente es que ella cumple órdenes de arriba y tiene que ajustarles el cinturón, no por placer, sino por obligación. En realidad, los jefes de cada planta tampoco son perversos, según me han comentado algunos colegas. Solo procuran desempeñar su labor y congraciarse con el jefe de la multinacional. Dicen que, aunque duro, es un tipo con cierto gracejo que se relaciona bien con los responsables de planta. Lo que ocurre es que la empresa pertenece a un grupo multinacional con ambiciones desmedidas. Imagino que los consejeros de ese grupo son personas corrientes, con sus familias y sus afectos, que dan órdenes pensando en el bien general, aunque ellos se lleven la mayor tajada. Al final deducimos que el responsable de las horas extras mal remuneradas y las jornadas extenuantes es Dios, jefe supremo de todos los jefes. Es por ello que ahora estoy pensando en hacerme ateo.
domingo, 12 de mayo de 2024
Textos escogidos
Chuang
Tse pensó dentro de mi cabeza: no sé por
qué soy como soy. Y el mundo giró en torno a mí delicadamente. Adiviné que
era sabio, pero no uno cualquiera sino aquel que debería desentrañar mis
entrañas. Empecé entonces a considerar mi inutilidad aquiescente, desde que mi
padre me dijo que no servía para nada, como una potencia del infinito. Asumí los
peligros del conocimiento, no como un temor, sí, acaso, como un vértigo
cervical de ser ante la cantidad de ausencia que concentra el Universo, y
concebir que el amor es el grosor del vacío. La perfección está en adaptarse a todo con ligero corazón,
manifestó Chuang en mi entender, ante lo espinoso de aceptar el destino de
manera natural, ingenua y espontánea, hasta ser aquel que con inocencia viene y con sencillez se va. Y en este
camino volátil y mudable, desaprender para no seguir ningún patrón porque la vida es cosa prestada.
domingo, 5 de mayo de 2024
Helena ha dejado el grupo
En el WhatsApp se podía leer el mensaje sucinto: Helena ha dejado el grupo.
—¿Por qué se ha ido Helena? —preguntó Héctor.
—No lo sé, pero seguro que le habéis dicho algo malintencionado, porque os conozco —escribió Penélope.
—Bueno ya sabéis lo voluble que es Helena. No le daría mayor importancia, mañana pedirá que la volvamos a meter —medió Paris.
—Lo último que apuntó es que estaba amurallada en este grupo —recordó Penélope.
—¿Amurallada? ¿Eso qué es? — interpeló Briseida.
—Pues que se siente atrapada, incomprendida, juzgada, lo de siempre —respondió Ifigenia.
—No seas así. Helena tiene sus problemas y a veces necesita desahogarse —intentó suavizar Menelao.
—Pues que se desahogue con un psicólogo, no con nosotros. Que ya estamos hartos de sus dramas y sus quejas —replicó Ulises.
—Bueno, no os peleéis por esto. Lo mejor será que alguien hable con Helena y le pregunte qué le pasa. ¿Alguien se ofrece? —propuso Tetis.
—Yo no, desde luego. Ya tuve bastante la última vez que intenté consolarla y me soltó una sarta de reproches —dijo Eudoro.
—Ni yo. No tengo ni idea de cómo tratar con ella. Siempre se enfada por cualquier cosa —añadió Criseida.
—Vale, pues me toca a mí. A ver si consigo que me explique qué le ha molestado tanto como para dejar el grupo —se ofreció Casandra.
—Suerte con eso. Ya nos contarás qué te dice —deseó Glauco.
—Y no te dejes manipular por sus lágrimas de cocodrilo —advirtió Hécuba.
—¿Cómo os pasáis con la pobre Helena? —sentenció Briseida.
—Esto va a terminar peor que la guerra de Troya —se mofó Aquiles.
Mutismo
Le dio su palabra y desde entonces no ha vuelto a hablar con nadie. Desde entonces guarda algo en la boca: un sabor tibio, una humedad dulce...
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Olvidó la cabeza en su casa y comprobó que podía actuar de igual manera. Lo notó, sobre todo, porque nadie hizo ningún comentario. Se duch...
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No hay que vender el alma al diablo, basta con hipotecarla, le comentó el empleado de la entidad bancaria, quien l e explicó que era un trám...