Escribió unas palabras mágicas y el cuento desapareció. Al principio pensó que había fallado. Revisó la hoja y estaba en blanco. Miró la mesa y estaba intacta. Pero al tratar de recordar faltaba algo. Sabía que había escrito algo pero no qué, como si las palabras hubieran sido más eficaces de lo previsto y hubieran borrado también su rastro. Intentó repetir el conjuro y nada. Intentó recordarlo y menos. Entonces comprendió dónde estaba el truco. No había hecho desaparecer el cuento. Había hecho desaparecer la necesidad de contarlo. Y se quedó allí como suspendido, sin saber si aquello era un fracaso o la forma más perfecta de la magia.
domingo, 26 de abril de 2026
domingo, 19 de abril de 2026
Empirismo
Los amantes se arrancaron los ojos para respaldar la tesis de que el amor es ciego. No lo hicieron por desesperación, sino por método. Primero discutieron. Luego diseñaron el experimento. Acordaron condiciones, tiempos, incluso posibles conclusiones. Querían saber si, al eliminar la vista, el amor persistía o se desvanecía como un error de percepción. Se vendaron antes de hacerlo, por respeto al proceso. Después vino la oscuridad. Al principio, todo fue torpe: manos que no encontraban, voces que se buscaban a tientas, silencios demasiado largos. Pero poco a poco aprendieron a orientarse en otra forma de cercanía: el calor, el pulso, la respiración.
—¿Sigues ahí? —preguntó uno.
—Más que antes —respondió el otro.
Durante días, se amaron sin imagen. Sin embargo, algo empezó a cambiar. Las palabras se volvieron más precisas, pero también más frías. Los gestos, más cuidadosos, pero menos espontáneos. La certeza crecía, pero con ella, una distancia extraña. Una noche, uno de ellos dijo:
—Creo que ahora te entiendo mejor. Y el otro, tras un largo silencio, le contestó.
—Yo ya no te reconozco.
Entonces comprendieron el fallo. El amor no era ciego. Era, en realidad, lo único que aún miraba.
domingo, 12 de abril de 2026
No hay niños
Las parejas se reunieron a cenar y pasar una noche alegre. Todas tenían hijos menores de doce años y pensaron que, para tener una velada tranquila la solución fue alimentar primero a sus retoños y, después, dejarlos en una sala amplia, donde bien acomodados fueran abandonados al cuidado de una nodriza llamada Internet, para los cual fueron dotados cada uno de un teléfono inteligente.
Rieron, chalaron, bebieron y comieron, en un ambiente adulto despejado de requerimientos infantiles. Durante bastante tiempo nadie escuchó un «¡¡¡mamá!!!» o un «¡¡¡papá!!!».
No echaron en falta a su descendencia hasta que alguien dijo: «no hay niños». Los medios de comunicación tildaron el suceso de desaparición masiva.
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