domingo, 2 de agosto de 2026

Santa Juana en las cocinas del infierno



Llovía como una maldición. Llovía en vertical, sin recovecos, mientras un perfume a vegetación podrida se infiltraba en la cocina a vaharadas. Cuatro cacerolas de medio metro de diámetro hervían a su aire diferentes guisos mientras borbotaban sus líquidos condimentos, soltando pompitas como lava de un volcán a punto de eructar. Una estampa de santa Rita, abogada de los imposibles y las causas perdidas, miraba de frente el espacio grasiento de la cocina. De su espina mortificante no manaba sangre sino un pus parecido a la crema de espárragos. Un san Pancracio devolvía la gratitud y benevolencia de la santa mostrando un alegre y jovial ramo de perejil. La lluvia de otoño es, a veces, como un picor de nariz o una alergia inoportuna, recuerda a los juegos escondidos de la niñez y a las tardes de clausura en el hogar. La lluvia en otoño es el estornudo y los guantes de lana. El desaliento del aire humedecido. La tristeza temprana y el reuma. Además de las cuatro cacerolas, dos ollas a presión, con un diálogo sibilante, atendían a la mortificación de ambos cocidos de callos, vaporizando la atmósfera con ese olor de cerdo resumido y salsa picante que conmueve los estómagos más fosilizados. El aire en la cocina era triste, grasiento y húmedo. Las gotas frías de lluvia bailaban al caer, como cuentas de cristal que conjugaran una canción oscura. Una coreografía acuática al compás del zumbido de las chorreras estrelladas en el suelo relataba, de manera fidedigna, el clima otoñal, intercambiándose con el de la cocina en una relación de osmosis permeable. Sobre una larga plancha de acero ennegrecido por el desgrase de las carnes, se sobrecogían siete muslos de pollo asándose de risa. Un ejército de cuchillos en ristre, firmes como soldados en una parada militar, sonreían bajo mellas sospechosas de ser audaces cortadores del aire y de las porciones de tocino convenientes como para ser engullidas por un batallón de hambrones sin decoro. El odio de las cucharas y sobre todo de los tenedores hacia la condición rebanadora de los cuchillos era evidente pero mudo. Los fogones sin embargo embadurnaban el ambiente con un hollín discreto y un calor de tono butano, frustrados por el deseo de consumir algún condimento indispensable para la dieta del sustento. La dieta existencial.






Juana se mortificaba en la cocina con la conciencia mártir de quien ha padecido toda su vida un marido abrupto e insensible con las cosas del alma, jugador, borracho, mujeriego, y además en paro. Un marido que la besaba con aliento avinagrado de quien aterriza en el lecho por la alborada, que utilizaba el sexo como un recipiente donde desahogar sus frustraciones de macho cavernícola y le había cargado el equipaje familiar con siete hijos. Para preservarse de estos y otros males domésticos, de su cuello colgaba un escapulario con la imagen de santa Dorotea, patrona de los malos tratos conyugales, y una bolsita con un diente de ajo silvestre plantado en luna llena que la protegían de las calamidades hogareñas y lo malos augurios domésticos. Juana acostumbraba a pasar sus manos por el fuego de las hornillas, como distraída, o agarraba los cacharros cuando más caliente estaba el metal para torturar las yemas de sus dedos. En otras ocasiones derramaba el agua hirviendo sobre sus pies, realizaba pequeñas incisiones en sus brazos, se golpeaba las rodillas con el mazo de mortificar los filetes de ternera, se perforaba las orejas, se arrancaba una uña o mojaba su lengua en un enchufe eléctrico, purgando así la culpa de soportar a aquel hombre montaraz y lavar los pecados de su condenado marido a quien tan sólo su sacrificio podría librar del infierno de los violentos y los esquivos. Pero el suplicio de Juana no concluía ahí: su hijo mayor, yonqui y sidoso, se abandonaba a los últimos de su penoso existir. Adelita la menor de todos estaba embarazada...






Tanto martirio había conferido a Juana, en su largo proceso de llagas y de estigmas, virtudes curativas que empleaba en sanar a familiares y amigos. No aplicaba la imposición de manos, ni las aguas milagrosas, ni las reliquias de santos, ni las videncias de apariciones. Sóla guisos y oración. Plegaria y alimento. Sus mejunjes culinarios unidos a los rezos, no sólo curaban cualquier enfermedad si no que hasta hacían resucitar a los muertos con unas simples sopas de ajo y una plegaria larga a Jesús Resucitado. Su cocina, con el tiempo, se convirtió en punto de peregrinación de los desahuciados de los hospitales, de la Seguridad Social e incluso de prestigiosas clínicas privadas. La fe los salvaba, decía Juana. Su fe y el buen apetito. La avalancha de moribundos que a diario la visitaban, muchos de ellos en aras de santidad, le habían comprometido más de una vez en su trabajo de cocinera en un gran restaurante, pero su entrega y beatitud siempre obraron en su beneficio.






El martirio de los santos es infinito ya que sufren por los que no sufren y por los que sufren también, se consagran al dolor de las cosas insensibles, de los románticos y de los pragmáticos. Su dolor es extensible a toda condición humana y solidaria con cualquier forma de vida ya sea animada o inerte. Es como un agujero negro que absorbe cualquier oscilación en la sensibilidad dolorosa del universo. Por eso con santos y ascetas de por medio la realidad humana es mucho más llevadera y soportable, es una posibilidad que sin ellos sería insufrible en tanto que no absorbieran la cantidad de dolor no asimilable por la capacidad de las personas y de las otras cosas. Así se hace imprescindible la existencia de los mismos para desenvolvernos en nuestra condición de humanos sufridores ya que son la anestesia del espíritu de los demás. En ellos se concentra parte del dolor de muelas y de los dolores de parto, del dolor fracturado de hueso o del infinito tormento de una enfermedad terminal, se resume también el malestar de la hambruna, la quintaescencia del profundo dolor del desamor, de la soledad ubérrima, del desamparo y del frío cortante. Ellos son la esponja que absorbe la depresión de los sueños y la tortura de las pesadillas, los que roban parte del desamparo de los niños y el desgarrado dolor de los torturados.






También absorben el líquido resinoso que desprende la desolación y el odio adverso. El dolor de pecho, el del enfriamiento, la angustia del quemado, el retorcimiento del reumático, la miseria del desaprensivo y la dicotomía del esquizofrénico. Todo lo sufrible es menguado por el santo tormento de quien consagra su alma a Dios por el bien de los demás humanos. Succionan, beben, absorben, inhalan, aspiran, atraen, roban todos los efluvios inconscientes del dolor con su oración y su alma purificada. Son los recipientes donde van a dar parte de lo que no nos duele, de lo que no sabemos que nos duele pero que sin ellos nos dolería muchísimo más hasta ser insoportable la existencia, de lo verdaderamente doloroso hasta hacernos rabiar y del dolor sumo que nos exaspera hasta pedir la muerte. Son el fármaco que nos alivia, la pócima mágica que actúa sin que nos demos cuenta, el ungüento que calma, el masaje que relaja el alma, la morfina que duerme el sufrimiento.






Juana pensó que en ella también debieran redimirse parte de todas esas almas desgarradas por el dolor que carcome a los desterrados hijos de Eva. Pero a diferencia de otros santones ella no escogió una celda fría ni un claustro ni un convento alejado del mundo. Una cocina se parecía más al infierno y por tanto la mortificación del cuerpo sería mayor guisando entre fogones, muriéndose entre grasas, llorando entre cebollas. Su catecismo le decía que había de ennoblecer los estómagos para que las almas fueran más ligeras y subieran más alto, porque habría más distancia entre el espíritu y el cuerpo. También alejaría la debilidad de los cuerpos que bien alimentados son propensos a menos desajustes y por tanto a menos sufrimientos. Dietética y Teología podían ser conjugadas al mismo tiempo, sentía Juana, que encontraba entre guisos y rezos la sanación, en un larga lista culinario-espiritual, de enfermedades capaz de acabar con cualquier mal humano del cuerpo y del alma: el arroz con leche aleja los sueños perturbadores, el solomillo cura de la colitis, un cocido de coles mantiene la tensión en un punto medio, las gachas de maicena sostienen el buen tino y los cambios de humor no son tan bruscos si se come gazpacho al mediodía y por la noche jureles en escabeche más una Salve. Un toque de perejil en los hombros sana el reuma en las articulaciones altas, tres granos de pimienta bajo la lengua, mientras se reza un Padrenuestro a santa Apolonia, quita el dolor de muelas y previene la caries. trazando círculos con aceite de oliva y cruces en la frente se espanta la alopecia, el azafrán en los párpados es para la cefalalgia crónica, la ingestión de un potaje de habillas y calabaza y tres Avemarías acaban con la gastritis y la úlcera de estómago. el polvo de rábano retira del tabaco a los más empedernidos fumadores, la manteca de cerdo para las hemorragias menstruales y unas migas de sémola, con arenques, bacalao seco y tomates fritos matan las solitarias. Un rosario a santa Engracia y rodajas de limón sobre las sienes libras de las jaquecas a las amas de casa, y un lecho de hojas frescas de abedul iba bien para la tetraplejia. Estramonio mandaba para quienes padecían de asma y con una estampita de santa Quiteria bajo la almohada e infusiones de beleño, las neurosis mejoraban.






Santa Juana fue ascendida a los infiernos por Belphegor para que contara a diario para el mismísimo Lucifer las calorías de los pecadores que iban ingresando en el averno y dirigiera la cocina general del séptimo círculo, clausurada por la Inspección Infernal de Sanidad después de encontrarse cucarachas albinas nadando a braza entre las calderas de pez. La conducción hasta los sótanos de la eternidad se efectuó por una galería descendente que, no obstante, a Juana le pareció una subida, pues hay almas que ascienden cuando bajan y otras que se despeñan mientras creen elevarse. Belphegor, vestido con una casaca encarnada, pezuñas de charol y un gorro de cocinero que ocultaba dos cuernecillos mal afilados, le explicó durante el trayecto que el infierno atravesaba una crisis de intendencia. Los condenados habían perdido el apetito, los demonios se negaban a probar el rancho y Lucifer padecía desde hacía siglos una acidez de estómago tan abrasiva que el fuego eterno procedía, en buena parte, de sus digestiones


.


La cocina infernal ocupaba una nave sin principio ni término donde humeaban marmitas del tamaño de plazas públicas y se amontonaban, en estanterías de hierro, los utensilios de la desesperación culinaria: espumaderas para desnatar la soberbia, coladores de pensamientos impuros, ralladores de conciencia, pinzas para extraer remordimientos, sartenes de doble fondo para los hipócritas y una máquina de picar promesas incumplidas que no dejaba de trabajar ni en las festividades de guardar. Los hornos abrían sus bocas dentadas con bostezos de azufre, los cucharones se perseguían entre sí como ánimas sin reposo y una legión de cuchillos, menos disciplinada que la de su restaurante terrestre, despedazaba sombras para el caldo de la noche. Sin embargo, nada olía a comida. Olía a culpa recalentada, a rencor requemado, a miedo con moho y a esa agrura que deja en el paladar haber vivido contra uno mismo.


—Aquí se guisa el castigo —le aclaró Belphegor—. Cada cual come lo que hizo tragar a los demás.


Juana, que entendía de sufrimientos adobados y de pesares a fuego lento, probó con la punta del dedo una salsa negra que hervía en la olla de los avaros, la olfateó y escupió al suelo.


—A esto le falta sal.


La afirmación corrió por las galerías del abismo con la gravedad de una herejía. Desde la rebelión de los ángeles nadie se había atrevido a corregir una receta infernal. Belphegor abrió dos palmos sus ojos amarillos y un diablillo pinche dejó caer una bandeja de blasfemias recién horneadas. Juana pidió aceite de oliva, ajos, cebollas, perejil, laurel, pimentón, unas habichuelas tiernas, dos docenas de huevos, bacalao seco y una estampa de la Virgen de las Angustias. Le comunicaron que de todo había en abundancia menos aceite de oliva, producto que por su pureza no resistía las temperaturas del recinto, y que las imágenes sagradas estaban prohibidas por un decreto de Lucifer. Juana se sacó entonces del pecho el escapulario de santa Dorotea, lo clavó con una espina sobre la campana extractora y se persignó con el cucharón.






Comenzó por vaciar las calderas y fregar el hollín acumulado desde el pecado original. A los demonios holgazanes les mandó raspar las costras; a los lujuriosos, pelar cebollas sin tocarlas más de lo necesario; a los soberbios, limpiar de rodillas los retretes; a los envidiosos, repartir las raciones más abundantes; y a los glotones, cocinar en ayunas. Organizó la despensa por pecados y fechas de caducidad, separó la carne de los remordimientos, puso en cuarentena las tentaciones y arrojó a la basura un cargamento de indulgencias falsificadas que unos mercaderes florentinos continuaban vendiendo a escondidas. El infierno, que hasta entonces había funcionado por combustión espontánea y desorden administrativo, conoció el estropajo, la lejía y la disciplina del delantal. Pronto elaboró un recetario para la condenación y el alivio. A los orgullosos les administraba sopa de pan duro para que aprendieran la humildad de las migas; a los avaros, lentejas contadas una a una que debían compartir con el vecino; a los envidiosos, ensalada de frutos ajenos aliñada con aceptación; a los iracundos, tila con hierbabuena y siete minutos de cocción silenciosa; a los perezosos, café de puchero servido a doscientos pasos de la mesa; a los lujuriosos, potaje de vigilia sin tocino carnal; y a los glotones, el olor de un cocido del que solo podían comer cuando hubieran alimentado a otro. Para los suicidas preparó un caldo de segundas oportunidades; para los asesinos, una infusión de memoria que les hacía sentir en su propio pecho el último latido de sus víctimas; para los indiferentes, una papilla de ojos abiertos; y para los traidores, lengua en salsa, que es comida de mucho hablar y difícil digestión. Todo plato iba acompañado de una oración, aunque Juana, prudente, las pronunciaba hacia dentro para no soliviantar a la autoridad diabólica.






Los efectos no tardaron en manifestarse. Un usurero devolvió la cuchara, un tirano pidió perdón al camarero, tres inquisidores confesaron que siempre les había dado miedo el fuego y una mujer condenada por adúltera se negó a continuar arrepintiéndose de haber amado. Los réprobos comenzaron a sentarse juntos, a pasarse el pan y a contarse sus vidas anteriores mientras esperaban el postre. Algunos descubrían que su mayor pecado no figuraba en los expedientes; otros que habían cargado culpas ajenas por miedo, obediencia o costumbre. En menos de una semana disminuyeron los alaridos, se redujo el consumo de azufre y las llamas bajaron dos palmos. En dos meses el departamento de tormentos registró la primera caída de productividad desde la creación del mundo. Los verdugos se aburrían, los caldereros solicitaban regulación de empleo y los demonios más antiguos se quedaban después del servicio rebañando con pan las cacerolas.






Belphegor, que había llevado a Juana para resolver un problema de alimentación y no para poner en peligro la industria del sufrimiento, redactó un informe de ciento cuarenta y cuatro páginas. Acusaba a la cocinera de intrusismo salvífico, competencia desleal con el purgatorio, blanqueamiento de culpas, contrabando de esperanza y utilización de perejil bendecido sin licencia. El documento llegó a Lucifer una mañana en que el príncipe de las tinieblas despertó con una ardentía de pecho capaz de chamuscar un continente. Mandó comparecer a Juana en el salón del trono, un comedor interminable presidido por una mesa de mármol negro donde las moscas caían abrasadas antes de posarse.


—Mujer —rugió Lucifer con voz de chimenea—, te traje para alimentar el tormento y estás convirtiendo mi reino en una casa de comidas. Los condenados engordan, conversan y hasta se ríen. Ayer sorprendieron a dos demonios jugando al dominó con unos blasfemos. ¿Qué tienes que alegar?


—Que comen mejor —respondió Juana.


—¡Aquí no se viene a comer mejor!


—Pues no haber puesto cocina.


La respuesta provocó un silencio mineral. Belphegor escondió el hocico detrás del informe y los príncipes infernales afilaron sus tridentes por si era necesario ensartar la insolencia. Pero Lucifer, a quien nadie contradecía desde los tiempos celestes, sintió curiosidad por aquella mujer pequeña de manos llagadas que no apartaba la mirada. Le ordenó preparar un plato que no curara, no consolara, no perdonara y no despertara en quien lo comiese deseo alguno de ser mejor. Si lo conseguía, conservaría su puesto; si fracasaba, sería arrojada a la caldera de las cocineras que quemaron el arroz. Juana regresó a los fogones y meditó la receta. Podía guisar víboras en su veneno, freír corazones de piedra, rellenar una cabeza de político con sus propias promesas o servir la frialdad de los banqueros en gelatina. Ninguno de aquellos manjares satisfacía el encargo porque hasta la ponzoña, bien administrada, podía ser remedio, y no existe alimento tan malo que el hambre no convierta en esperanza. Tomó entonces un mendrugo, cuatro dientes de ajo, agua, sal y un huevo. Sofrió los ajos en la poca grasa que pudo rescatar de un tocino arrepentido, añadió el pan, vertió el agua y dejó caer el huevo como una luna blanca en un cielo humilde. Mientras hervía rezó sin palabras, que son las plegarias que mejor escucha Dios y peor interceptan los demonios.






Lucifer recibió el cuenco con desprecio. Acostumbrado a devorar ambiciones humanas, imperios enteros, honores, fortunas, cuerpos codiciados y almas en salsa de vanidad, consideró aquella sopa una ofensa a su rango. Probó una cucharada. Después otra. A la tercera cerró los ojos y, por un instante, recordó una luz anterior al fuego, la música de los astros cuando todavía no existía el rencor y aquella mesa del cielo en la que nadie ocupaba la cabecera porque todos compartían el pan. Una lágrima incandescente le resbaló por la mejilla. Al tocar el suelo se apagó y dejó una pequeña mancha húmeda de la que brotó una brizna de perejil. Los demonios retrocedieron horrorizados. La compasión era inflamable en el cielo, pero en el infierno resultaba explosiva. Lucifer golpeó la mesa, se limpió la cara con la manga y ordenó destruir el cuenco. Sin embargo, ya era tarde. El olor de la sopa había recorrido los nueve círculos y los condenados, al respirarlo, recordaron alguna cocina de su infancia, una madre inclinada sobre el fuego, una abuela soplando la cuchara, el hambre satisfecha en una noche de invierno o la mano que partía un trozo de pan y daba la porción mayor. Cada recuerdo apagó una llama. Durante unos minutos cayó sobre el infierno una lluvia menuda, tibia y vertical, parecida a la que aquella tarde de otoño golpeaba los cristales del restaurante donde Juana comenzó su martirio.


—Has desobedecido —le dijo Lucifer, aunque su voz ya no sonaba a caldera sino a brasero moribundo.


—He cocinado lo que me pidió.


—Te ordené un plato que no consolara.


—No existe.


Lucifer iba a expulsarla cuando se abrieron las puertas del salón y dos alguaciles infernales arrastraron a un recién llegado. Venía maldiciendo, con la camisa desabrochada, olor a vino agrio y una papeleta de defunción pegada en la frente. Había muerto al perder el equilibrio a la salida de una taberna después de discutir con un jugador que le reclamaba una deuda. Juana reconoció a su marido. Él también la vio y, sin sorprenderse de encontrarla allí, le pidió comida y le reprochó no tenerla preparada.


La santa bajó los ojos por costumbre, pero no por obediencia. Durante toda su vida había confundido la bondad con soportarlo todo y el sacrificio con permitir que otros sacrificaran su cuerpo. Comprendió entonces que ningún dios justo podía exigirle salvar a quien nunca quiso dejar de condenarla. Se quitó del cuello el escapulario de santa Dorotea, besó la estampa gastada y la guardó en el bolsillo del delantal. Después miró a Lucifer.


—Este me ayudará en la cocina.


El condenado se rio con su vieja risa de macho montaraz y levantó la mano, igual que tantas veces. No llegó a bajarla. Una cadena de chorizos se enroscó en su muñeca, dos cucharones le sujetaron los brazos y el ejército de cuchillos en ristre formó a su alrededor una parada militar. Lucifer, todavía con el sabor de la sopa en la boca, sentenció que pelaría cebollas, fregaría calderas y alimentaría a los hambrientos hasta comprender el dolor que había dejado en los demás. Como en la eternidad no hay jubilación ni prescriben las tareas domésticas, tendría tiempo suficiente.






Juana volvió a la cocina. Ya no derramó agua hirviendo sobre sus pies, no aproximó las manos al fuego ni empleó el mazo de la carne contra sus rodillas. Sus llagas comenzaron a cerrarse y las yemas de sus dedos recuperaron el tacto. Continuó guisando para vivos, muertos, demonios y condenados, porque el hambre no pregunta de qué lado de la eternidad se encuentra el estómago. El infierno no dejó de ser infierno, pues hay instituciones que ni los milagros consiguen reformar, pero desde entonces tuvo una puerta pequeña por la que algunos salían después de comer y arrepentirse de veras. El marido de Juana sigue pelando cebollas. Ella dejó de llorar entre ellas. También dejó de quemarse las manos. En el infierno ardía ya quien debía.

domingo, 31 de mayo de 2026

Realidad virtual


Entonces me pregunté que, si la gente es así realmente, los que estábamos en aquel bar no existíamos. Éramos virtuales. Apuré el vaso. El líquido tenía sabor, sí, pero un sabor indeciso, como si no terminara de elegirse. Miré mis manos. Tenían arrugas, pequeñas cicatrices, una uña mal cortada. Demasiados detalles para ser una ilusión… o quizá justo los necesarios para parecer real. El camarero pasó cerca.
—¿Algo más? —preguntó. Su voz sonaba correcta, demasiado correcta. Como doblada.
—¿Usted es real? —le dije. Sonrió sin sorpresa.
—Depende de quién mire.
Quise reír, pero no estaba seguro de si recordaba cómo hacerlo. A mi alrededor, el bar seguía latiendo con su imperfección: el hombre de la tragaperras insistía, la mujer se ajustaba el vestido, alguien carraspeaba como si se le fuera la vida en ello. Demasiado ruido. Demasiada torpeza. Demasiada verdad. Miré de nuevo el televisor. Los cuerpos perfectos seguían allí, brillando sin esfuerzo, sin historia, sin desgaste. Nadie sudaba. Nadie dudaba. Nadie envejecía. Entonces lo entendí. No era que nosotros no existiéramos. Era al revés. Ellos no podían permitirse existir así. Dejé unas monedas sobre la mesa y me levanté. Al pasar junto al espejo del fondo, me detuve. Mi reflejo tardó un segundo en imitarme. Y por un instante, muy breve, tuve la certeza de que quien saldría del bar…
no sería exactamente yo.


domingo, 24 de mayo de 2026

Retornada


Nos conocíamos desde la época escolar y le perdí el rastro en la universidad. Había regresado a la ciudad tras medio siglo ausente, sola y enferma. Tenía dos hijas pero estaban lejos, una trabajaba como doctora en Suecia y la más pequeña, pintora, vivía en Nueva York (la gente, ya se sabe, tiene preferencia por vivir en los lugares más insólitos).
La vi sentada en el porche de su casa y apenas la reconocí. Había vuelto después de enviudar. Fue ella la que me llamó la atención:
—Sigues igual, no has cambiado nada.
—Ni tú tampoco— le mentí, consciente de que mi mentira le sentaría bien.
No era la misma, es más, su rostro no guardaba recuerdo alguno de juventud. Incluso llegué a dudar sobre su identidad hasta que fue desgranando un manojo de anécdotas que derribaron mis vacilaciones. Perdía vista y se estaba quedando ciega a pasos acelerados. Leer era lo que más añoraba y ya no lo podía hacer, por lo que le propuse usar audio libros, algo que rechazó porque no se llevaba bien con la tecnología, así que acordamos que pasaría algunas tardes a realizar una lectura de los libros que más interés le despertaran. Me pidió nombres, sobre todo de mujeres: Matute, Beauvoir, Bazán, Highsmith, Gaite, Lessig, Zambrano, Berlín… Los textos fueron cayendo como fruta madura.
—La lectura que realizo ahora es este mismo relato—. Ella entonces me interrumpió.
—¡Alto! ¡alto! ¡alto! Eso que haces es muy borgiano y aunque es un escritor a quien admiro soy más de escuchar Cortázar pero sin frenillo en la voz.
—No puedo hacer nada porque el relato se está escribiendo solo.

domingo, 17 de mayo de 2026

Accidentado


Cayó en el pozo de los deseos y solo pidió una cosa. No pidió salir. No pidió ayuda. Pidió que el deseo no se cumpliera. Había oído historias. Sabía que los deseos, al hacerse realidad, traían consigo una forma torcida de justicia, una ironía precisa, casi elegante. Nada se concedía sin cobrar algo a cambio. El pozo guardó silencio. Durante un instante, nada ocurrió. Luego, el eco respondió. Y su deseo, impecable, se cumplió: nunca volvió a cumplirse ninguno.


domingo, 10 de mayo de 2026

El viejo maestro


El cadáver se incorporó del féretro donde había sido alojado y con voz grave, ante la mirada de asombro de quienes asistían al velatorio, les dijo:
«No os asustéis, sigo muerto. Solo he vuelto un momento para escribir mi obituario. No me fío para nada de los plumillas que están en esta sala fingiendo que me conocían a fondo y le importaba lo que hacía. Cuando mi cuerpo esté acartonado y os disputéis el mérito de contar lo que conmigo habéis compartido os citaré el Eclesiastés: ¡Oh vanidad de vanidades, todo es vanidad! Porque fui un vanidoso y no honesto conmigo y por ello busqué fama y adulación, allí donde los mediocres me esperaban para pasarme la mano por el lomo y obtener rédito social, porque por cada paso dado hice de mi vida un acontecimiento llamativo y sonoro, un permanente reclamo de reverencias, mientras os miraba como culebreabais entre mis pies. ¡Moscas empalagosas, ni una letra escribáis sobre mí!».
Dicho lo cual, el muerto murió de nuevo, tan petimetre como siempre y sin despeinarse.

domingo, 3 de mayo de 2026

Prisión



Apresado en las arenas movedizas de un reloj se hundió en el tiempo. Al principio creyó que caía. Luego comprendió que era al revés y que era el tiempo el que subía por él. Le llenaba los zapatos, le cubría las rodillas, le pesaba en el pecho con la paciencia infinita de lo inevitable. Cada grano era un instante ya vivido, una palabra dicha, un gesto que no volvería. Intentó moverse pero moverse era recordar y recordar lo hundía más. Vio pasar escenas sin orden, una risa que no supo guardar, una despedida demasiado breve, una puerta que no cerró. Todo volvía, pero no para quedarse sino para empujarlo hacia abajo. Cuando el tiempo le alcanzó la boca, quiso gritar pero el grito ya había ocurrido y se hundió del todo en ese lugar donde nada sucede porque todo ya ha pasado.




domingo, 26 de abril de 2026

Abracadabra





Escribió unas palabras mágicas y el cuento desapareció. Al principio pensó que había fallado. Revisó la hoja y estaba en blanco. Miró la mesa y estaba intacta. Pero al tratar de recordar faltaba algo. Sabía que había escrito algo pero no qué, como si las palabras hubieran sido más eficaces de lo previsto y hubieran borrado también su rastro. Intentó repetir el conjuro y nada. Intentó recordarlo y menos. Entonces comprendió dónde estaba el truco. No había hecho desaparecer el cuento. Había hecho desaparecer la necesidad de contarlo. Y se quedó allí como suspendido, sin saber si aquello era un fracaso o la forma más perfecta de la magia.




domingo, 19 de abril de 2026

Empirismo



Los amantes se arrancaron los ojos para respaldar la tesis de que el amor es ciego. No lo hicieron por desesperación, sino por método. Primero discutieron. Luego diseñaron el experimento. Acordaron condiciones, tiempos, incluso posibles conclusiones. Querían saber si, al eliminar la vista, el amor persistía o se desvanecía como un error de percepción. Se vendaron antes de hacerlo, por respeto al proceso. Después vino la oscuridad. Al principio, todo fue torpe: manos que no encontraban, voces que se buscaban a tientas, silencios demasiado largos. Pero poco a poco aprendieron a orientarse en otra forma de cercanía: el calor, el pulso, la respiración.
—¿Sigues ahí? —preguntó uno.
—Más que antes —respondió el otro.
Durante días, se amaron sin imagen. Sin embargo, algo empezó a cambiar. Las palabras se volvieron más precisas, pero también más frías. Los gestos, más cuidadosos, pero menos espontáneos. La certeza crecía, pero con ella, una distancia extraña. Una noche, uno de ellos dijo:
—Creo que ahora te entiendo mejor. Y el otro, tras un largo silencio, le contestó.
—Yo ya no te reconozco.
Entonces comprendieron el fallo. El amor no era ciego. Era, en realidad, lo único que aún miraba.



domingo, 12 de abril de 2026

No hay niños





Las parejas se reunieron a cenar y pasar una noche alegre. Todas tenían hijos menores de doce años y pensaron que, para tener una velada tranquila la solución fue alimentar primero a sus retoños y, después, dejarlos en una sala amplia, donde bien acomodados fueran abandonados al cuidado de una nodriza llamada Internet, para los cual fueron dotados cada uno de un teléfono inteligente.
Rieron, chalaron, bebieron y comieron, en un ambiente adulto despejado de requerimientos infantiles. Durante bastante tiempo nadie escuchó un «¡¡¡mamá!!!» o un «¡¡¡papá!!!».
No echaron en falta a su descendencia hasta que alguien dijo: «no hay niños». Los medios de comunicación tildaron el suceso de desaparición masiva.



domingo, 22 de febrero de 2026

El decapitado


Olvidó la cabeza en su casa y comprobó que podía actuar de igual manera.

Lo notó, sobre todo, porque nadie hizo ningún comentario.

Se duchó con normalidad, aunque agradeció no tener que cerrar los ojos al enjabonarse. Se vistió con cierto descuido —total, nadie iba a fijarse en su expresión— y salió a la calle.

En la panadería pidió lo de siempre.

—¿Cómo siempre? —preguntó la dependienta.

Asintió. Le pareció un éxito social.

En el trabajo, la mañana fue especialmente productiva. No tuvo dudas, no cambió de opinión, no se distrajo. El jefe incluso le dijo:

—Hoy lo noto más centrado —lo consideró una observación injusta, dadas las circunstancias.

Al mediodía, un compañero le contó un problema larguísimo y absurdo. Él escuchó con paciencia involuntaria. Por primera vez en años, no tuvo que fingir interés. Al volver a casa, encontró la cabeza sobre la mesa del comedor, exactamente donde la había olvidado. Parecía ofendida. La observó un rato. No recordaba que fuera tan pesada. La tomó entre las manos, dudó, y finalmente la dejó donde estaba. Durmió mejor que nunca. A la mañana siguiente, llegó temprano a la oficina. Nadie notó la diferencia.



domingo, 1 de febrero de 2026

La novela de su vida


Ángel Salmerón empezó La vida posible una tarde de lluvia leve; digo “leve” y ya estoy mintiendo, porque lo leve solo se percibe desde lejos, cuando ya ha hecho su trabajo. Era una lluvia interior, de esas que no se ven en el abrigo, pero sí en la manera de mirar la lámpara. Empezó la novela con la convicción clásica —la convicción de los ingenuos y de los optimistas, que son casi lo mismo— de que los libros se terminan a tiempo, como los amores responsables y las enfermedades benignas.

No fue así.

Al principio escribía a ratos, apuntando minucias que parecían destinadas a desaparecer al día siguiente: canela cayendo sobre manzana, luz fatigada de las seis, palabras raras que le gustaban por su música (a Ángel le gustaban las palabras como a ciertos viajeros les gustan los mapas: por lo que prometen, no por lo que explican). El protagonista era un hombre corriente. Y eso lo tranquilizaba, porque la ficción, cuando no te pareces a ella, es un refugio.

El manuscrito creció. Lo digo así, “creció”, y sé lo que estás pensando: metáfora. Pero cuidado con las metáforas, porque son una forma elegante de negar lo que nos asusta.[1] El manuscrito creció con la obstinación de lo vivo: no pedía permiso, no solicitaba autorización, no se disculpaba. Ángel cerraba el cuaderno con la sensación de haberse dejado dentro algo suyo, una hebra, un filamento, una pequeña porción de pecho. (No se alarmaba: uno se acostumbra a perderse por partes).

Una mañana, encontró un capítulo escrito con su letra que no recordaba haber redactado. Esto suena a cuento fantástico, lo sé, y por eso mismo debería ser cierto: la realidad tiende a copiar la ficción en cuanto la ficción le ofrece un procedimiento. El capítulo describía al protagonista desayunando pan con miel, saliendo al balcón, mirando la ciudad. Ángel lo leyó de pie y supo (lo supo de inmediato) que aquello era exactamente lo que él había hecho el día anterior, hasta el detalle del tarro de miel y la forma de apoyar el codo en la barandilla.

“Coincidencia”, pensó. La mente ama los espejos cuando tiene miedo. Pero una coincidencia repetida es otra cosa: una coincidencia repetida es un método.

A partir de entonces intentó corregir la novela (y aquí aparece el primer error de Ángel: creer que la novela era corregible). Quiso desviarla hacia otros escenarios: un trabajo que él no habría aceptado, una calle que no existía, una mujer improbable. El manuscrito resistía. No resistía con violencia, sino con esa obstinación suave de lo inevitable. Y lo inquietante no era la resistencia: era que el texto no discutía. Simplemente seguía.

Empezó entonces el intercambio: Ángel confundía recuerdos con páginas y páginas con recuerdos. (Es una frase bonita, demasiado bonita; cuando una frase se vuelve demasiado bonita, significa que alguien está intentando ocultar algo.) Una tarde corrigió un episodio de la infancia del protagonista: un perro perdido, un abuelo muerto antes de tiempo. Al día siguiente dudó de su propia infancia. Buscó fotografías, preguntó a una tía, llamó a un amigo de juventud. Y el mundo confirmaba siempre lo escrito, como si la realidad se hubiera vuelto dócil, como si el mundo fuera el lector obediente de su manuscrito.

En el álbum familiar apareció el perro. En una conversación casual alguien mencionó al abuelo con exactitud de nota al margen.

Dejó de dormir bien. Empezó a escuchar en las paredes ese silencio que no es vacío sino vigilancia. Temía abrir el cuaderno, no por lo que escribiría (ya no se sentía autor), sino por lo que encontraría ya escrito.

Pasaron años. (La literatura, cuando se prolonga, no es duración: es usura.) El manuscrito se convirtió en una segunda biografía. Y cuando Ángel puso el punto final, lo hizo con solemnidad de sentencia, aunque no supo quién condenaba a quién. Cerró el cuaderno y lo dejó sobre la mesa, bajo la lámpara. No sintió alivio. Sintió una ausencia leve, como si en una habitación contigua se hubiera apagado una luz que llevaba encendida demasiado tiempo.

Soñó esa noche —cómo no— que caminaba por una biblioteca interminable donde los libros respiraban como animales dormidos. Al despertar, el manuscrito estaba abierto por la primera página. La tinta olía a reciente, como si alguien hubiera escrito de madrugada con una tranquilidad doméstica.

Entre el título y el comienzo, alguien había añadido una frase, escrita con un trazo firme, sin dudas:

Ahora ya puede vivir tranquilo. Yo me encargo de recordarlo todo.

Ángel buscó su nombre en la portada. No lo encontró.

Solo el título, más negro que antes, como si se hubiera escrito con la sombra de alguien.

Y entonces comprendió —con esa certeza fría de las cosas que no requieren explicación— que la novela no había sido la historia de un hombre, sino el lugar donde el hombre había sido reemplazado por su relato. (Y aquí debería terminar el cuento. Pero hay finales que no aceptan su papel.[2])

Porque hay novelas que se escriben para sobrevivir.

Y hay otras que, cuando terminan, ya no te dejan sitio para vivir.


Notas

[1] Véase La metáfora como coartada, de E. Niebla (edición inexistente, como todas las ediciones que importan).

[2] Sobre la imposibilidad de cerrar una historia, puede consultarse el volumen apócrifo Teoría del último capítulo, de A. Vértigo, especialmente el capítulo “El final como usurpación”.


Bibliografía apócrifa mínima (para quien quiera seguir perdiéndose)

  • Niebla, E.: La metáfora como coartada.
  • Vázquez, O. R.: Manual de puertas invisibles.
  • M., Lidia: Tratado breve sobre la memoria editable.
  • Vértigo, A.: Teoría del último capítulo.
  • Salmerón, Ángel: La vida posible (manuscrito no localizado).



Coda 

Hay algo que he evitado decir hasta ahora por pudor —o por superstición, que es una forma menor de pudor—: estas páginas no las estoy escribiendo sobre el manuscrito de Ángel Salmerón, sino desde él.

Lo descubrí tarde, cuando quise volver atrás para comprobar un dato (un balcón, un tarro de miel, una lluvia “leve” que quizá no fue tan leve) y noté que el texto ya no estaba donde yo lo había dejado. Había crecido, como crecen las humedades: sin ruido, pero con método. Mis notas al pie habían cambiado de lugar. Y lo peor: algunas ya no eran notas, sino pasajes.

Releí la bibliografía apócrifa —esa lista que añadí para fingir erudición y, de paso, disimular el miedo— y me encontré con un detalle que no recordaba haber escrito: al lado de Teoría del último capítulo figuraba ahora una editorial; al lado de La metáfora como coartada, un ISBN; al lado de Tratado breve sobre la memoria editable, una fecha de depósito legal. Dije en voz alta: “Esto es imposible”, y el manuscrito, con esa crueldad suave de lo inevitable, pareció asentir.

Me conecté a un catálogo (los catálogos son, hoy, la forma burocrática del destino) y tecleé por curiosidad el nombre de E. Niebla. Apareció. No como un fantasma, sino como autor. Había una ficha completa: biografía mínima, tres títulos, una fotografía borrosa en blanco y negro en la que, por algún motivo, me reconocí sin reconocerme. Busqué a A. Vértigo. Apareció también. Busqué a O. R. Vázquez. Apareció. Uno por uno, mis libros inventados estaban ya fuera, circulando, disponibles, reales.

Pensé entonces algo que no me enorgullece: que quizá yo los había creado. Y esa vanidad me duró poco, porque al instante comprendí la inversión: no los había creado yo; me estaban creando ellos.

El manuscrito volvió a abrirse solo por la primera página. Donde antes decía La vida posible, leí La novela de su vida. Y debajo, en una letra que era —o parecía— la mía, una línea nueva: “El narrador empezó a comprender que estaba escrito”.

Intenté cerrar el cuaderno. Me resistió, con una resistencia educada. Volví a intentarlo. Entonces noté que, al mover las manos, las frases se movían también; que mi pulso estaba sincronizado con la sintaxis; que mi respiración marcaba los puntos y aparte. En una esquina de la mesa, donde yo juraría que no había nada, apareció una tarjeta: “Sección: Manuscritos. Registro de ingreso: hoy.”

Entendí, por fin, lo que Ángel había entendido demasiado tarde: que no se trataba de una novela que se parecía a la vida, sino de una vida que empezaba a parecerse a la novela para no desmentirla.

Y aquí debería concluir, porque un buen narrador sabe retirarse a tiempo. Pero el manuscrito, como ya dije, no acepta finales: los utiliza.

Antes de dejar la pluma, miré una última vez la portada buscando mi nombre, por pura terquedad humana.

No lo encontré.

En su lugar había una frase breve, escrita con tinta reciente, como si alguien hubiera pasado de madrugada:

Ahora ya puede narrar tranquilo. Yo me encargo de firmarlo todo.


domingo, 18 de enero de 2026

Humillación


El cartel decía: Gane tiempo. La cola, larga y quieta, demostraba lo contrario. El hombre de delante hacía cuentas con una calculadora diminuta, como si aún creyera que el tiempo admite decimales. Yo opté por leer un folleto del banco. En la letra microscópica se aclaraba que todo minuto dedicado a la lectura pasaba a engrosar el capital temporal de la entidad, con interés compuesto.

Cuando llegué a la ventanilla, la cajera me sonrió con la confianza de quien ya me conoce desde hace años. Me informó de que tenía una cuenta abierta a mi nombre y un saldo negativo: debía exactamente el tiempo que había pasado esperando. Pregunté si podía pagar de otra forma.

—Con su silencio basta —respondió, mientras me entregaba un recibo.

En él se leía: Gracias por su visita. Vuelva cuando no tenga tiempo.

Esa noche, mi mujer leyó el ticket y sentenció:
—Esto ya lo escribió Monterroso, pero más corto.

—¿Cuánto más corto? —pregunté.

—Una sola línea: Cuando llegó su turno, el tiempo ya se había agotado.

Intenté guardar el recibo entre las páginas de un libro de Borges, pero el libro creció una página más. Comprendí entonces que el banco no solo administra el dinero: administra la espera. Y que, mientras uno aguarda, ya ha firmado todo.


domingo, 11 de enero de 2026

Leyenda oriental



Cuenta una leyenda oriental que, cierto día, se cerraron las puertas del Paraíso y que todas las oraciones de los fieles no lograron hacerlas abrir para que pudieran entrar las almas que trasmigraban de este mundo. La preocupación y los rezos fueron en aumento, igual que las almas de los difuntos que, desorientados, bajaban de nuevo al mundo con la importante crecida de almas en pena. Llegado un momento tal, el punto crítico del fluido inmaterial de almas, superó en mucho al de cuerpos materiales y colapsó la vida. Desde entonces La Tierra está habitada por fantasmas.

Durante un tiempo se creyó que aquello era transitorio, una especie de atasco celestial comparable a los embotellamientos de las grandes ciudades en la hora punta del karma. Pero los días pasaron sin que ningún arcángel diera explicaciones, y las almas, cada vez más numerosas, comenzaron a adquirir costumbres humanas para no perder la cordura que ya no tenían.

Los más antiguos se instalaron en los áticos, donde el aire corría mejor para sus etéreas constituciones; los recién llegados ocuparon portales, marquesinas y hasta las pantallas de los teléfonos móviles, donde se quedaban pegados como si aguardaran una notificación divina que nunca llegaba.

Con el tiempo se volvieron seres disciplinados: hacían colas para atravesar paredes, pedían turno en los espejos para reflejarse un instante y suspiraban con nostalgia cada vez que veían pasar a un gato, único animal que aún podía distinguirlos con precisión.

La humanidad tardó poco en acostumbrarse a convivir con ellos. Hubo quien montó empresas para ofrecerles cursos de respiración diafragmática —aunque carecían de pulmones—, otros les vendían seguros de ausencia perpetua, y más de uno, con un cierto oportunismo, organizaba visitas guiadas por casas encantadas que hasta entonces habían estado perfectamente vacías.

Pronto se descubrió, sin embargo, que las ánimas desposeídas de cielo eran terribles acumuladoras. Guardaban recuerdos, remordimientos, deseos frustrados y culpas antiguas en cantidades industriales, lo que provocó que los hogares comenzaran a llenarse de un desasosiego espeso que los vivos confundieron con humedad.

A la vista de tal saturación emocional, un grupo de fantasmas ilustrados decidió solicitar audiencia con las autoridades terrenales para negociar su situación. Tras largas deliberaciones, los ministerios no supieron encontrar solución alguna, salvo recomendarles paciencia administrativa, que es la forma humana de decir “esperen a que se arregle solo”.

Finalmente un alma menuda, de expresión apagada y poca estructura ósea —por no decir ninguna—, propuso lo único sensato:

—Quizá debamos aceptar que el Paraíso no está cerrado —susurró—. Quizá simplemente nos han dejado fuera de la lista.

Y desde ese día, cuentan, ya nadie sabe si los vivos son quienes sobran en la Tierra o si los fantasmas son, sin quererlo, los nuevos propietarios del mundo.

Aunque, eso sí, siguen pagando todos el mismo impuesto: la incertidumbre eterna.


domingo, 4 de enero de 2026

Salomé


El catering no estuvo mal. Una de las camareras me sirvió la cabeza de Juan en una bandeja de plata. El resto de invitados aplaudió la puesta en escena sin percatarse de que, mientras brindaban, era Juan quien los observaba con mayor lucidez: por primera vez había perdido la cabeza… y ganado criterio.


domingo, 28 de diciembre de 2025

Ejemplar único


Si se arrojara una Enciclopedia Británica a un agujero negro ¿desaparecería la información de todos los ejemplares? La pregunta me obsesionó durante los invernales años que administré la Biblioteca Nacional. Recuerdo que un joven físico, tal vez israelita, me la formuló en 1983, el año en que murieron mi madre y la tipografía Caslon. Le respondí que no: el agujero negro, ese ojo sin párpados del universo, no destruye sino que traslada la información a su horizonte, donde se estampa como la letra de un libro cerrado para siempre. Pero aquella noche, en el sexto sueño de una serie, soñé que yo era el agujero negro y que la Enciclopedia era mi autobiografía. Al despertar comprendí la sospecha de los escolásticos: quizá no hay ejemplares, sino un solo libro que vive en todos los lugares a la vez, y arrojarlo al vacío es devolverlo al manuscrito original, que es el alfabeto, que es el punto, que es la nada que lo contiene todo. La información no desaparece: simplemente deja de ser nuestra para ser del tiempo, que es otro nombre del olvido.


domingo, 21 de diciembre de 2025

Ficción súbita



Diego levantó la vista del nanocuento que leía y observó, sorprendido, como una mujer, sentada frente a él en el vagón del metro, escribía un microrrelato de un viajero llamado Diego que leía frente a una escritora de cuentos, un relato hipercorto. Entonces Diego bajó la vista. El cuento había terminado.

domingo, 14 de diciembre de 2025

El misterio chino



Primero fue lo del abuelo chino. Nadie le vio morir y menos enterrarle, pero un día dejó de toser en el balcón. ¿Alguien ha visto sepultar a un chino en este país? Después fue lo de los rollitos de primavera ¿cómo podían saber igual en cualquier restaurante chino donde fueras? Luego estaba la cara de la simpática camarera que te ofrecía un chupito de licor de lagarto al terminar la comida y que siempre era la misma, pero que cada vez parecía como si hubiera una nueva. Para terminar no me explicaba cómo podían cocinar tan rápido y quién guisaba porque para tantos platos faltaban manos. Y entonces estuve observando el reloj de la pared, que siempre adelantaba siete minutos, y pensé que quizás era la hora de China, porque cuando llegabas a las tres y media, ya estaban cerrando. Pero ¿cómo cerraban si nunca los habías visto abrir? Yo pasaba por la mañana y ya estaban allí, con el mismo vapor de siempre, y por la noche, al volver, la puerta ya tenía la cerradura puesta pero ellos seguían dentro, moviéndose detrás del cristal empañado. Alguna vez les llamé a timbrazo vivo, y aquella muchacha que siempre era la misma pero distinta a la vez, bajó la persiana con un gesto que no era de enfado ni de prisa, sino de alguien que cumple una ley que uno desconoce. Y el dinero tenía que ser exacto si pedías para llevar y no llevabas el dinero exacto, te miraban sin pestañear hasta que sacabas otro billete y entonces te daban el cambio sin contarlo, porque ya sabían de antemano cuánto tenías en el bolsillo. Llegué a pensar que el lagarto del licor no era lagarto, sino algo que les sobraba del guiso, un trozo de algo que no habías pedido pero que igual sabía. Y así, con estos pensamientos, dejé de pasar por delante. No porque tuviera miedo, sino porque el misterio me había hecho perder el apetito, y es difícil comer sin hambre en un lugar donde hasta el tiempo parece contarse con otros utensilios.



domingo, 7 de diciembre de 2025

Viaje interior


En el tiempo que recorre las venas de la ciudad hay un líquido acuoso para los supervivientes, aquellos que pululan por los márgenes difusos.

Lo beben en dosis pequeñas, casi rituales, como si ese fluido transparente pudiera recordarles quiénes fueron antes de convertirse en sombras urbanas. Dicen que, al cerrar los ojos, el líquido proyecta paisajes que ya no existen iguales a ríos sin cemento, árboles que no sabían de cables eléctricos, cielos no rasgados por antenas y donde cada trago es un regreso breve a un lugar imposible, un viaje interior hacia lo perdido.

Pero al abrir los ojos, la ciudad sigue allí siempre vasta, extensamente exhausta, latiendo a un ritmo que devora a los que se detienen demasiado, y por eso los supervivientes siguen avanzando por los bordes, aferrados a ese líquido que no alimenta el cuerpo, sino la memoria.

Y aunque nadie lo admite, todos temen el día en que la última gota se evapore, porque entonces, sin viaje interior, la ciudad sería solo superficie y ellos, nada más que ruido.

domingo, 30 de noviembre de 2025

Finanzas


No hay que vender el alma al diablo, basta con hipotecarla, le comentó el empleado de la entidad bancaria, quien le explicó que era un trámite sencillo. Eran unas firmas, un par de renuncias y la promesa de no preguntarse demasiado por las cláusulas de letra pequeña.
—¿Y qué pasa si no puedo pagar? —preguntó él.
El empleado sonrió con una cortesía que no le llegaba a los ojos.
—Oh, no se preocupe. El demonio es muy razonable cuando se trata de intereses… siempre encuentra la forma de cobrarlos.
Antes de irse, notó que en el mostrador había un pequeño frasco etiquetado como 'Recuperaciones de almas'. Estaba vacío.
—¿Y esto?
—Muestras —dijo el empleado—. Pero hace años que nadie cancela la deuda.
Y mientras se alejaba, él no estaba seguro de si había escuchado un leve sonido de cadenas o si simplemente se había cerrado otra puerta del banco.


domingo, 23 de noviembre de 2025

Nostálgicos



—¿Has notado que nuestras palabras no tienen eco?
—Sí, y que nuestra sombra no tiene cuerpo.
—Ya no somos los mismos que éramos.
Entonces guardaron silencio. No porque no tuvieran nada más que decir, sino porque empezaban a comprenderlo. Alrededor, el paisaje era idéntico al de siempre, pero algo en él —quizá la luz, quizá el aire— parecía recordarlos como si fueran visitantes antiguos, ya desvanecidos.
—Creo que somos memoria —susurró uno.
—O peor: el recuerdo de un recuerdo —respondió el otro.
Y siguieron andando, con cuidado, no fuera a borrarse también el poco rastro que les quedaba.



Santa Juana en las cocinas del infierno

Llovía como una maldición. Llovía en vertical, sin recovecos, mientras un perfume a vegetación podrida se infiltraba en la cocina a vaharada...