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Ecosistema sentimental

Los dos permanecieron abrazados largo rato en el sofá sin decir palabra. Un deseo, entonces, rompió el silencio. —Deja a tu mujer y cásate conmigo. El hombre la miró con asombro y le respondió. —Tú eres mi mujer.
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Endemoniada

La frase era enigmática, escribió mientras trataba de desentrañar las palabras plasmadas. Después serpenteó en su brazo hasta envolverlo y subió por su cuello. Entró por su boca y por su nariz sin poder evitarlo. Al deslizarse por el fondo de su garganta sintió su sabor amargo y cómo le revolvía el estómago y se volvía visceral y testicular. La frase saltó y rodeó su corazón hasta diluirse en su sangre para llegar a su cerebro que la alumbró, por fin, tras ser esclarecida.

Bloc de notas

Meticuloso, ordenado y observador, siempre llevaba un cuaderno de notas para escribir todo aquello que ocurría alrededor de su existencia. Así cuando veía una pareja de novios describía como sería su insoportable convivencia conyugal futura. Si tropezaba con un sacerdote, lo sospechaba en una imagen desnuda en un burdel. Si acaso se trataba de un ama de casa distraída frente a un escaparate de moda, la imaginaba desfilando ante los espejos de su casa. Y si era el caso de un militar enhiesto lo pensaba en ropa interior repantigado en el sofá de su casa. 


Su cuaderno engordaba por días hasta que, en cierta ocasión, debió de anotar: esta es mi muerte como escritor. Y se hizo el papel en blanco. Eso sí, pautado como los surcos de la existencia. 

Desilusión

Era su novia de toda la vida y lo acababa de dejar. Se hundió pensando que nada volvería a ser igual que antes. Su corazón se arrugó y pareció faltar el aire en sus pulmones. Llovieron lágrimas en su interior. Una última mirada la vio desaparecer mientras se alejaba y antes que el timbre lo hiciera regresar al aula de preescolar junto a los otros niños.

Altos vuelos

La madre se lo tenía dicho, que no jugara con el niño. El padre siempre hizo caso omiso. Al principio sujetaba al bebé con sus largos brazos y lo subía a la altura hasta donde podía extenderlos. Después comenzó a lanzarlo por el aire hasta la altura del techo de la casa y el bebé sonreía.


Para no desentonar con lanzamientos anteriores, en la calle lo soltaba con fuerza hasta la altura de la farola y así prosiguió hasta alcanzar el tejado de la casa. El bebé sonería.


Ante la protesta de la madre viajó hasta Italia y lo proyectó hasta la altura de la torre de Pisa y cuando cayó lo recogió con certera precisión y seguridad.


Repitió su proeza en París, ante la torre Eiffel, en Shanghái junto al rascacielos que lleva este nombre y en el edificio Burj Khalifa hasta alcanzar sus 828 metros de altura, no sin el ¡ay! contenido de la madre hasta que el bebé —que sonreía— regresaba a los brazos de papá.


En el último lanzamiento, el padre reconoció que se le fue la mano. Ahora el bebé sonríe des…

Dos noticias

Recibió dos noticias una buena y una mala. Cuando le llegó la buena noticia su corazón se esponjó, sus pulmones se hincharon y una sensación de bienestar recorrió todo su cuerpo. Apenas extasiado en su estado efusivo por la buena noticia recibió la mala noticia. Todo aquel estado placentero se plegó arrugando su corazón y anegándolo de tristeza. La buena noticia no tenía ningún efecto porque la mala lo anulaba, aunque tampoco podía sentirse triste porque la buena noticia lo alegraba. Por momentos se hundía y se levantaba, sonreía y lloraba, dependiendo qué idea predominara en su mente.
La buena noticia era que no solo había una mala noticia y la mala noticia que no solo había una buena noticia.




El tótem

Llegó embalado y parecía majestuoso ante la mirada de los niños que en ningún momento se apartaron de él mientras lo ponían en funcionamiento aquellos operarios. Hasta le cantaron a coro canciones infantiles. 
Luego lo adoraron durante un par de horas mientras escuchaban a la madre contar historias de cómo era la vida antes de que existirá aquel artilugio. 
Por fin se abrió la puerta del frigorífico y los niños recibieron un polo de chocolate recién hecho en justa recompensa por su devoción. 


El telépata

Cansado de discutir aprendió a contestar en silencio a sus interlocutores. Llegó a establecer elaborados diálogos. Nadie comprendía su mutismo. En cambio, él mantenía largas conversaciones interiores que le llevaban a entender cómo eran quienes le rodeaban. Les ofrecía consejos, les consolaba, comprendía más que nadie sus cuitas. De sus labios apenas se escuchaba un sí o un no y su familia preocupada quiso llevarlo hasta un internado de salud mental, pero él, que sabía sus pensamientos, se fugó. Después de hacerse anacoreta fue contratado por una agencia de espionaje.



Satánico

Cada vez que se extraviaba algún objeto dentro de la casa hacía un nudo en la esquina de un pañuelo. Era un método aprendido de su abuela quien le enseñó cómo encontrar las cosas perdidas. La técnica consistía en atar, de manera simbólica, los testículos al diablo, en un sortilegio para desmontar la conjura de las pérdidas, y no desanudarlo hasta que la cosa extraviada apareciera. 
La frecuencia de los enseres desaparecidos creció con el paso de los días y fue tal su habilidad en hacer ataduras que todas las telas de la casa aparecían anudadas. Al final para no desaparecer ella se ató a sí misma.


El escritor encamado

Una larga enfermedad lo había postrado en la cama. Desde allí escribía largos textos sobre su enfermedad y la miseria de una vida enfermiza. En cambio, los textos producidos gozaban de tanta salud y vitalidad que lo convirtieron en un escritor de éxito. Hasta tal punto alcanzó fama que protagonizó un anuncio de colchones.