Olvidó la cabeza en su casa y comprobó que podía actuar de igual manera.
Lo notó, sobre todo, porque nadie hizo ningún comentario.
Se duchó con normalidad, aunque agradeció no tener que cerrar los ojos al enjabonarse. Se vistió con cierto descuido —total, nadie iba a fijarse en su expresión— y salió a la calle.
En la panadería pidió lo de siempre.
—¿Cómo siempre? —preguntó la dependienta.
Asintió. Le pareció un éxito social.
En el trabajo, la mañana fue especialmente productiva. No tuvo dudas, no cambió de opinión, no se distrajo. El jefe incluso le dijo:
—Hoy lo noto más centrado —lo consideró una observación injusta, dadas las circunstancias.
Al mediodía, un compañero le contó un problema larguísimo y absurdo. Él escuchó con paciencia involuntaria. Por primera vez en años, no tuvo que fingir interés. Al volver a casa, encontró la cabeza sobre la mesa del comedor, exactamente donde la había olvidado. Parecía ofendida. La observó un rato. No recordaba que fuera tan pesada. La tomó entre las manos, dudó, y finalmente la dejó donde estaba. Durmió mejor que nunca. A la mañana siguiente, llegó temprano a la oficina. Nadie notó la diferencia.
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