domingo, 31 de mayo de 2026

Realidad virtual


Entonces me pregunté que, si la gente es así realmente, los que estábamos en aquel bar no existíamos. Éramos virtuales. Apuré el vaso. El líquido tenía sabor, sí, pero un sabor indeciso, como si no terminara de elegirse. Miré mis manos. Tenían arrugas, pequeñas cicatrices, una uña mal cortada. Demasiados detalles para ser una ilusión… o quizá justo los necesarios para parecer real. El camarero pasó cerca.
—¿Algo más? —preguntó. Su voz sonaba correcta, demasiado correcta. Como doblada.
—¿Usted es real? —le dije. Sonrió sin sorpresa.
—Depende de quién mire.
Quise reír, pero no estaba seguro de si recordaba cómo hacerlo. A mi alrededor, el bar seguía latiendo con su imperfección: el hombre de la tragaperras insistía, la mujer se ajustaba el vestido, alguien carraspeaba como si se le fuera la vida en ello. Demasiado ruido. Demasiada torpeza. Demasiada verdad. Miré de nuevo el televisor. Los cuerpos perfectos seguían allí, brillando sin esfuerzo, sin historia, sin desgaste. Nadie sudaba. Nadie dudaba. Nadie envejecía. Entonces lo entendí. No era que nosotros no existiéramos. Era al revés. Ellos no podían permitirse existir así. Dejé unas monedas sobre la mesa y me levanté. Al pasar junto al espejo del fondo, me detuve. Mi reflejo tardó un segundo en imitarme. Y por un instante, muy breve, tuve la certeza de que quien saldría del bar…
no sería exactamente yo.


domingo, 24 de mayo de 2026

Retornada


Nos conocíamos desde la época escolar y le perdí el rastro en la universidad. Había regresado a la ciudad tras medio siglo ausente, sola y enferma. Tenía dos hijas pero estaban lejos, una trabajaba como doctora en Suecia y la más pequeña, pintora, vivía en Nueva York (la gente, ya se sabe, tiene preferencia por vivir en los lugares más insólitos).
La vi sentada en el porche de su casa y apenas la reconocí. Había vuelto después de enviudar. Fue ella la que me llamó la atención:
—Sigues igual, no has cambiado nada.
—Ni tú tampoco— le mentí, consciente de que mi mentira le sentaría bien.
No era la misma, es más, su rostro no guardaba recuerdo alguno de juventud. Incluso llegué a dudar sobre su identidad hasta que fue desgranando un manojo de anécdotas que derribaron mis vacilaciones. Perdía vista y se estaba quedando ciega a pasos acelerados. Leer era lo que más añoraba y ya no lo podía hacer, por lo que le propuse usar audio libros, algo que rechazó porque no se llevaba bien con la tecnología, así que acordamos que pasaría algunas tardes a realizar una lectura de los libros que más interés le despertaran. Me pidió nombres, sobre todo de mujeres: Matute, Beauvoir, Bazán, Highsmith, Gaite, Lessig, Zambrano, Berlín… Los textos fueron cayendo como fruta madura.
—La lectura que realizo ahora es este mismo relato—. Ella entonces me interrumpió.
—¡Alto! ¡alto! ¡alto! Eso que haces es muy borgiano y aunque es un escritor a quien admiro soy más de escuchar Cortázar pero sin frenillo en la voz.
—No puedo hacer nada porque el relato se está escribiendo solo.

domingo, 17 de mayo de 2026

Accidentado


Cayó en el pozo de los deseos y solo pidió una cosa. No pidió salir. No pidió ayuda. Pidió que el deseo no se cumpliera. Había oído historias. Sabía que los deseos, al hacerse realidad, traían consigo una forma torcida de justicia, una ironía precisa, casi elegante. Nada se concedía sin cobrar algo a cambio. El pozo guardó silencio. Durante un instante, nada ocurrió. Luego, el eco respondió. Y su deseo, impecable, se cumplió: nunca volvió a cumplirse ninguno.


domingo, 10 de mayo de 2026

El viejo maestro


El cadáver se incorporó del féretro donde había sido alojado y con voz grave, ante la mirada de asombro de quienes asistían al velatorio, les dijo:
«No os asustéis, sigo muerto. Solo he vuelto un momento para escribir mi obituario. No me fío para nada de los plumillas que están en esta sala fingiendo que me conocían a fondo y le importaba lo que hacía. Cuando mi cuerpo esté acartonado y os disputéis el mérito de contar lo que conmigo habéis compartido os citaré el Eclesiastés: ¡Oh vanidad de vanidades, todo es vanidad! Porque fui un vanidoso y no honesto conmigo y por ello busqué fama y adulación, allí donde los mediocres me esperaban para pasarme la mano por el lomo y obtener rédito social, porque por cada paso dado hice de mi vida un acontecimiento llamativo y sonoro, un permanente reclamo de reverencias, mientras os miraba como culebreabais entre mis pies. ¡Moscas empalagosas, ni una letra escribáis sobre mí!».
Dicho lo cual, el muerto murió de nuevo, tan petimetre como siempre y sin despeinarse.

domingo, 3 de mayo de 2026

Prisión



Apresado en las arenas movedizas de un reloj se hundió en el tiempo. Al principio creyó que caía. Luego comprendió que era al revés y que era el tiempo el que subía por él. Le llenaba los zapatos, le cubría las rodillas, le pesaba en el pecho con la paciencia infinita de lo inevitable. Cada grano era un instante ya vivido, una palabra dicha, un gesto que no volvería. Intentó moverse pero moverse era recordar y recordar lo hundía más. Vio pasar escenas sin orden, una risa que no supo guardar, una despedida demasiado breve, una puerta que no cerró. Todo volvía, pero no para quedarse sino para empujarlo hacia abajo. Cuando el tiempo le alcanzó la boca, quiso gritar pero el grito ya había ocurrido y se hundió del todo en ese lugar donde nada sucede porque todo ya ha pasado.




Realidad virtual

Entonces me pregunté que, si la gente es así realmente, los que estábamos en aquel bar no existíamos. Éramos virtuales. Apuré el vaso. El lí...