En casa tuvimos un comediscos, como otras familias tenían canario. Vivía en el salón, sobre un tapete de ganchillo, y mi padre lo alimentaba de manera regular con grandes cantidades de canciones, que el bichejo glotón deglutía a treinta y tres revoluciones con un ronroneo de surco satisfecho. Comía de todo: boleros, zarzuela, los Beatles, un flamenco que le sentaba regular. Nunca tuvo empacho, aunque una Nochevieja se tragó un villancico rayado y estuvo hipando el mismo verso hasta Reyes.
Era un animal doméstico ejemplar. No mordía, no mudaba pelo, y a cambio de su ración diaria organizaba la vida de la casa: con él se bailó en los noviazgos, se lloró en los duelos y se fregaron los domingos. Mi madre sostenía que entendía de estados de ánimo, porque las tardes tristes digería más despacio.
La desgracia llegó, como todas, en formato pequeño. Primero fueron los walkmans, una especie invasora que se alimentaba de pilas y casetes y cabía en un bolsillo, que es donde nunca cupo la música de verdad. Luego unos discos plateados sin surco, lisos como mentiras. Después ya ni eso: las canciones se volvieron aire, y no hay quien engorde comiendo aire. Cuando dejaron de fabricarse vinilos, al comediscos le diagnosticaron anorexia. No era falta de apetito: era que el mundo había dejado de fabricar su comida, que es la forma moderna de matar sin ensuciarse.
Mi padre lo mantuvo vivo a base de despensa propia. Le racionaba su colección como quien administra las últimas medicinas: los lunes, Antonio Machín; los viernes, Serrat; los aniversarios, aquel vals. El bichejo adelgazó hasta quedarse en la aguja, y los dos envejecieron juntos rumiando las mismas canciones, que alimentan la memoria pero no el cuerpo.
A la muerte de mi padre, los hermanos lo vendimos en la almoneda con el resto de la casa. Lo compró un joven con barba que lo llamó pieza vintage y pagó sin regatear, que es como se paga lo que no se necesita. Ahora vive en un loft con vistas, sobre un mueble nórdico, alimentado a diario con reediciones de ciento ochenta gramos, remasterizadas, relucientes, carísimas. Ha recuperado el peso. Sale en las fotos que su dueño enseña a las visitas, ronroneando para la concurrencia.
Nunca ha estado tan alimentado ni ha pasado tanta hambre.
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