Cien palabras le dijo para declarar su amor. Cien exactas pronunció y todas fueron hermosas rodeando su corazón. Todo empezó con un libro de un euro. Daniel Ward lo encontró un sábado de octubre en una de las cajas verdes de los buquinistas del quai de Montebello, entre un manual de ajedrez y una guía de Lisboa sin tapas. Era su propia traducción de los poemas de Manuel Alba, un andaluz que ya nadie leía y que él había pasado al inglés quince años antes, cuando todavía creía que traducir era una forma de hablar con alguien. Pagó el euro por pudor, para que nadie más lo comprara.
En el metro de la línea 4, a la altura de Saint-Sulpice, abrió el libro. Entre las páginas cuarenta y cuarenta y uno había una hoja doblada en cuatro. La letra era la suya. No una letra parecida: la suya, con la te cruzada demasiado alta y la ese que se le quedaba abierta desde el colegio. Encima de cada palabra, a lápiz, alguien había escrito un número diminuto. El último era el 99. La traduzco aquí procurando que sigan siendo noventa y nueve, que es lo único de lo que estoy seguro:
Cien palabras tengo para decirte que te quiero, y ya he gastado ocho. No importa. Te quiero como se quiere una ciudad: sin haberla elegido, perdiéndome en ella. Te quiero en las esquinas donde no estuviste y en las que todavía puedes estar. Te quiero cuando cruzas la calle sin mirar, cuando lees en voz baja, cuando olvidas mi nombre a medias. Si el azar nos juntó, que el azar se equivoque otra vez y nos deje así. No sé terminar. Me sobra amor y me faltan palabras. Me falta exactamente una, la última, y te la digo ahora. Después de los dos puntos no había nada. Ni una tachadura, ni la huella de una goma. Solo el papel.
Ward no recordaba haberlo escrito. Tampoco recordaba no haberlo escrito, que es una manera más incómoda de no saber algo. Había estado casado nueve años con una mujer que se llamaba Clara y que se marchó sin hacer ruido, como se marchan las personas que han esperado demasiado tiempo una frase. Nunca le escribió una carta. Estaba casi seguro.
En la guarda del libro, también a lápiz, había una dirección: rue Daguerre, en el distrito catorce, a quince minutos andando de su casa. Fue esa misma tarde. Bajó por la avenue du Maine, donde los camareros empezaban a apilar las sillas de las terrazas, y se dio cuenta de que caminaba como caminan los detectives en las novelas que había dejado de leer: fijándose en todo y sin entender nada. Un perro atado a la reja de una panadería lo miró como si lo conociera.
El edificio tenía cinco plantas, un portón de madera y un patio interior con bicicletas. En los buzones del portal, el tercero decía WARD. Llamó al timbre del tercero. No contestó nadie. Llamó otra vez, y la que salió fue la portera, una mujer con delantal de flores y cara de haber dado demasiadas malas noticias.
—Monsieur Ward murió en marzo —dijo—. Los sobrinos vendieron los libros. ¿Era usted amigo suyo? Ward dijo que sí, porque decir que no le pareció una forma peor de mentir.
—Vivía solo —siguió la mujer—. Traducía cosas. Venía una señora los jueves, hasta que dejó de venir. —Se encogió de hombros—. Él decía que tenía que terminar una carta. Que le faltaba poco.
Ward no preguntó el nombre de pila del muerto. Más tarde, en la cama, pensaría que no lo preguntó por la misma razón por la que nunca abría ciertos cajones: no por miedo a lo que hubiera dentro, sino a que estuvieran vacíos. Volvió bordeando la tapia del cementerio de Montparnasse, detrás de la cual dormían escritores que ya no tenían que terminar nada, entre ellos un argentino que había convertido el azar en una rayuela. Esa noche puso la hoja sobre la mesa de la cocina y la contó. Noventa y nueve. La contó otra vez, desde el final, por si el error estaba en el orden. Noventa y nueve. Entendió entonces lo que cualquier traductor entiende tarde: que la palabra que falta no se puede añadir sin cambiar todas las demás. Si escribía la palabra cien, la carta sería suya. Si no la escribía, sería del muerto. Y no sabía cuál de las dos cosas le daba más miedo. Hay una versión de esta historia, la que circula, la que el propio Ward me contó años después en un bistró de la rue Mouffetard, en la que escribe la palabra y sale a buscar a la señora de los jueves. Es la versión de la frase que puse al principio: cien palabras exactas, todas hermosas. Yo no la creo. Las leyendas siempre redondean. La otra posibilidad es más sencilla y más difícil. Que la carta tuviera cien palabras desde el principio, y que la última no se escribiera porque no era para escribirla. Que alguien, alguna vez, en una cocina de Montparnasse o en un andén de la línea 4, la dijo en voz alta. Y que esa persona ya no sabe si fue él. La hoja la tengo yo. Ward me la dio la última vez que lo vi, diciendo que a lo mejor yo sabía terminarla, que para eso era escritor. Está ahora junto al teclado mientras escribo esto. He probado muchas palabras. Todas encajan. Ninguna es. A veces, antes de apagar la luz, cuento las de esta página, por si acaso.
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