He creado un grupo de WhatsApp con una sola usuaria: yo. Allí envío los mensajes más sinceros, los recuerdos que no debo olvidar, los instantes más claros, los encuentros más plácidos y, sobre todo, las fotografías que me recuerdan quién fui cuando estaba junto a las personas que me hacían saber quién soy. Escribo cosas pequeñas para no perderlas: «Hoy mamá se ha reído como antes». «El olor de la lluvia al salir del metro». «No olvides que aquel verano fuiste feliz». A veces me escribo después de una discusión: «No eras tú quien tenía la culpa». Otras, cuando me siento perdida: «Sigues aquí». También me mando fotos. Una mano sobre otra en una mesa. Una calle que ya no reconozco. La cara de alguien cuyo nombre tarda cada vez más en aparecer. En algunas fotos sonrío y no recuerdo por qué. En otras no sonrío y tampoco. El grupo se ha convertido en mi lugar más seguro. Nadie puede abandonarlo. Nadie puede silenciarme. Nadie puede borrar lo que allí dejo. Solo yo. Y precisamente eso es lo que intento no olvidar. A veces pasan días enteros sin que escriba nada. Entonces, de repente, llega un aviso. Un mensaje nuevo. Me emociono antes de abrirlo. Pienso que quizá alguien se acuerda de mí. Quizá alguien ha encontrado una fotografía antigua. Quizá alguien ha escrito algo que yo ya no recuerdo. Quizá, después de todo, todavía hay alguien al otro lado. Abro el chat. Soy yo. Siempre soy yo. Pero últimamente los mensajes son distintos. Ya no dicen «No olvides esto». Dicen: «No te preocupes». «Todo está bien». «Hoy has vuelto a olvidar quién soy». Anoche llegó uno mientras dormía. No recuerdo haberlo enviado. Decía: «Mañana, cuando leas esto, no tengas miedo. Ya hemos hablado de ti». Esta mañana he despertado con el sonido de una notificación. He tardado unos segundos en recordar quién era. Después he abierto WhatsApp. Había un mensaje nuevo. El remitente era yo. La usuaria también. Solo que esta vez, debajo de mi nombre, aparecía una frase que nunca había visto: en línea.