Entonces me pregunté que, si la gente es así realmente, los que estábamos en aquel bar no existíamos. Éramos virtuales. Apuré el vaso. El líquido tenía sabor, sí, pero un sabor indeciso, como si no terminara de elegirse. Miré mis manos. Tenían arrugas, pequeñas cicatrices, una uña mal cortada. Demasiados detalles para ser una ilusión… o quizá justo los necesarios para parecer real. El camarero pasó cerca.
—¿Algo más? —preguntó. Su voz sonaba correcta, demasiado correcta. Como doblada.
—¿Usted es real? —le dije. Sonrió sin sorpresa.
—Depende de quién mire.
Quise reír, pero no estaba seguro de si recordaba cómo hacerlo. A mi alrededor, el bar seguía latiendo con su imperfección: el hombre de la tragaperras insistía, la mujer se ajustaba el vestido, alguien carraspeaba como si se le fuera la vida en ello. Demasiado ruido. Demasiada torpeza. Demasiada verdad. Miré de nuevo el televisor. Los cuerpos perfectos seguían allí, brillando sin esfuerzo, sin historia, sin desgaste. Nadie sudaba. Nadie dudaba. Nadie envejecía. Entonces lo entendí. No era que nosotros no existiéramos. Era al revés. Ellos no podían permitirse existir así. Dejé unas monedas sobre la mesa y me levanté. Al pasar junto al espejo del fondo, me detuve. Mi reflejo tardó un segundo en imitarme. Y por un instante, muy breve, tuve la certeza de que quien saldría del bar…
no sería exactamente yo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario