—¡Rápido! Que venga el cuentero.
—¿Qué ocurre? ¿A qué tanta urgencia?
—Necesito escribir un microrrelato y no se me ocurre nada.
—Pues el narrador de historias está de vacaciones.
—Qué ruina de vida, sin nada que contar.
Le dio su palabra y desde entonces no ha vuelto a hablar con nadie. Desde entonces guarda algo en la boca: un sabor tibio, una humedad dulce...
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