El cartel decía: Gane tiempo. La cola, larga y quieta, demostraba lo contrario. El hombre de delante hacía cuentas con una calculadora diminuta, como si aún creyera que el tiempo admite decimales. Yo opté por leer un folleto del banco. En la letra microscópica se aclaraba que todo minuto dedicado a la lectura pasaba a engrosar el capital temporal de la entidad, con interés compuesto.
Cuando llegué a la ventanilla, la cajera me sonrió con la confianza de quien ya me conoce desde hace años. Me informó de que tenía una cuenta abierta a mi nombre y un saldo negativo: debía exactamente el tiempo que había pasado esperando. Pregunté si podía pagar de otra forma.
—Con su silencio basta —respondió, mientras me entregaba un recibo.
En él se leía: Gracias por su visita. Vuelva cuando no tenga tiempo.
Esa noche, mi mujer leyó el ticket y sentenció:
—Esto ya lo escribió Monterroso, pero más corto.
—¿Cuánto más corto? —pregunté.
—Una sola línea: Cuando llegó su turno, el tiempo ya se había agotado.
Intenté guardar el recibo entre las páginas de un libro de Borges, pero el libro creció una página más. Comprendí entonces que el banco no solo administra el dinero: administra la espera. Y que, mientras uno aguarda, ya ha firmado todo.
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