domingo, 11 de enero de 2026

Leyenda oriental



Cuenta una leyenda oriental que, cierto día, se cerraron las puertas del Paraíso y que todas las oraciones de los fieles no lograron hacerlas abrir para que pudieran entrar las almas que trasmigraban de este mundo. La preocupación y los rezos fueron en aumento, igual que las almas de los difuntos que, desorientados, bajaban de nuevo al mundo con la importante crecida de almas en pena. Llegado un momento tal, el punto crítico del fluido inmaterial de almas, superó en mucho al de cuerpos materiales y colapsó la vida. Desde entonces La Tierra está habitada por fantasmas.

Durante un tiempo se creyó que aquello era transitorio, una especie de atasco celestial comparable a los embotellamientos de las grandes ciudades en la hora punta del karma. Pero los días pasaron sin que ningún arcángel diera explicaciones, y las almas, cada vez más numerosas, comenzaron a adquirir costumbres humanas para no perder la cordura que ya no tenían.

Los más antiguos se instalaron en los áticos, donde el aire corría mejor para sus etéreas constituciones; los recién llegados ocuparon portales, marquesinas y hasta las pantallas de los teléfonos móviles, donde se quedaban pegados como si aguardaran una notificación divina que nunca llegaba.

Con el tiempo se volvieron seres disciplinados: hacían colas para atravesar paredes, pedían turno en los espejos para reflejarse un instante y suspiraban con nostalgia cada vez que veían pasar a un gato, único animal que aún podía distinguirlos con precisión.

La humanidad tardó poco en acostumbrarse a convivir con ellos. Hubo quien montó empresas para ofrecerles cursos de respiración diafragmática —aunque carecían de pulmones—, otros les vendían seguros de ausencia perpetua, y más de uno, con un cierto oportunismo, organizaba visitas guiadas por casas encantadas que hasta entonces habían estado perfectamente vacías.

Pronto se descubrió, sin embargo, que las ánimas desposeídas de cielo eran terribles acumuladoras. Guardaban recuerdos, remordimientos, deseos frustrados y culpas antiguas en cantidades industriales, lo que provocó que los hogares comenzaran a llenarse de un desasosiego espeso que los vivos confundieron con humedad.

A la vista de tal saturación emocional, un grupo de fantasmas ilustrados decidió solicitar audiencia con las autoridades terrenales para negociar su situación. Tras largas deliberaciones, los ministerios no supieron encontrar solución alguna, salvo recomendarles paciencia administrativa, que es la forma humana de decir “esperen a que se arregle solo”.

Finalmente un alma menuda, de expresión apagada y poca estructura ósea —por no decir ninguna—, propuso lo único sensato:

—Quizá debamos aceptar que el Paraíso no está cerrado —susurró—. Quizá simplemente nos han dejado fuera de la lista.

Y desde ese día, cuentan, ya nadie sabe si los vivos son quienes sobran en la Tierra o si los fantasmas son, sin quererlo, los nuevos propietarios del mundo.

Aunque, eso sí, siguen pagando todos el mismo impuesto: la incertidumbre eterna.


domingo, 4 de enero de 2026

Salomé


El catering no estuvo mal. Una de las camareras me sirvió la cabeza de Juan en una bandeja de plata. El resto de invitados aplaudió la puesta en escena sin percatarse de que, mientras brindaban, era Juan quien los observaba con mayor lucidez: por primera vez había perdido la cabeza… y ganado criterio.


domingo, 28 de diciembre de 2025

Ejemplar único


Si se arrojara una Enciclopedia Británica a un agujero negro ¿desaparecería la información de todos los ejemplares? La pregunta me obsesionó durante los invernales años que administré la Biblioteca Nacional. Recuerdo que un joven físico, tal vez israelita, me la formuló en 1983, el año en que murieron mi madre y la tipografía Caslon. Le respondí que no: el agujero negro, ese ojo sin párpados del universo, no destruye sino que traslada la información a su horizonte, donde se estampa como la letra de un libro cerrado para siempre. Pero aquella noche, en el sexto sueño de una serie, soñé que yo era el agujero negro y que la Enciclopedia era mi autobiografía. Al despertar comprendí la sospecha de los escolásticos: quizá no hay ejemplares, sino un solo libro que vive en todos los lugares a la vez, y arrojarlo al vacío es devolverlo al manuscrito original, que es el alfabeto, que es el punto, que es la nada que lo contiene todo. La información no desaparece: simplemente deja de ser nuestra para ser del tiempo, que es otro nombre del olvido.


domingo, 21 de diciembre de 2025

Ficción súbita



Diego levantó la vista del nanocuento que leía y observó, sorprendido, como una mujer, sentada frente a él en el vagón del metro, escribía un microrrelato de un viajero llamado Diego que leía frente a una escritora de cuentos, un relato hipercorto. Entonces Diego bajó la vista. El cuento había terminado.

domingo, 14 de diciembre de 2025

El misterio chino



Primero fue lo del abuelo chino. Nadie le vio morir y menos enterrarle, pero un día dejó de toser en el balcón. ¿Alguien ha visto sepultar a un chino en este país? Después fue lo de los rollitos de primavera ¿cómo podían saber igual en cualquier restaurante chino donde fueras? Luego estaba la cara de la simpática camarera que te ofrecía un chupito de licor de lagarto al terminar la comida y que siempre era la misma, pero que cada vez parecía como si hubiera una nueva. Para terminar no me explicaba cómo podían cocinar tan rápido y quién guisaba porque para tantos platos faltaban manos. Y entonces estuve observando el reloj de la pared, que siempre adelantaba siete minutos, y pensé que quizás era la hora de China, porque cuando llegabas a las tres y media, ya estaban cerrando. Pero ¿cómo cerraban si nunca los habías visto abrir? Yo pasaba por la mañana y ya estaban allí, con el mismo vapor de siempre, y por la noche, al volver, la puerta ya tenía la cerradura puesta pero ellos seguían dentro, moviéndose detrás del cristal empañado. Alguna vez les llamé a timbrazo vivo, y aquella muchacha que siempre era la misma pero distinta a la vez, bajó la persiana con un gesto que no era de enfado ni de prisa, sino de alguien que cumple una ley que uno desconoce. Y el dinero tenía que ser exacto si pedías para llevar y no llevabas el dinero exacto, te miraban sin pestañear hasta que sacabas otro billete y entonces te daban el cambio sin contarlo, porque ya sabían de antemano cuánto tenías en el bolsillo. Llegué a pensar que el lagarto del licor no era lagarto, sino algo que les sobraba del guiso, un trozo de algo que no habías pedido pero que igual sabía. Y así, con estos pensamientos, dejé de pasar por delante. No porque tuviera miedo, sino porque el misterio me había hecho perder el apetito, y es difícil comer sin hambre en un lugar donde hasta el tiempo parece contarse con otros utensilios.



domingo, 7 de diciembre de 2025

Viaje interior


En el tiempo que recorre las venas de la ciudad hay un líquido acuoso para los supervivientes, aquellos que pululan por los márgenes difusos.

Lo beben en dosis pequeñas, casi rituales, como si ese fluido transparente pudiera recordarles quiénes fueron antes de convertirse en sombras urbanas. Dicen que, al cerrar los ojos, el líquido proyecta paisajes que ya no existen iguales a ríos sin cemento, árboles que no sabían de cables eléctricos, cielos no rasgados por antenas y donde cada trago es un regreso breve a un lugar imposible, un viaje interior hacia lo perdido.

Pero al abrir los ojos, la ciudad sigue allí siempre vasta, extensamente exhausta, latiendo a un ritmo que devora a los que se detienen demasiado, y por eso los supervivientes siguen avanzando por los bordes, aferrados a ese líquido que no alimenta el cuerpo, sino la memoria.

Y aunque nadie lo admite, todos temen el día en que la última gota se evapore, porque entonces, sin viaje interior, la ciudad sería solo superficie y ellos, nada más que ruido.

domingo, 30 de noviembre de 2025

Finanzas


No hay que vender el alma al diablo, basta con hipotecarla, le comentó el empleado de la entidad bancaria, quien le explicó que era un trámite sencillo. Eran unas firmas, un par de renuncias y la promesa de no preguntarse demasiado por las cláusulas de letra pequeña.
—¿Y qué pasa si no puedo pagar? —preguntó él.
El empleado sonrió con una cortesía que no le llegaba a los ojos.
—Oh, no se preocupe. El demonio es muy razonable cuando se trata de intereses… siempre encuentra la forma de cobrarlos.
Antes de irse, notó que en el mostrador había un pequeño frasco etiquetado como 'Recuperaciones de almas'. Estaba vacío.
—¿Y esto?
—Muestras —dijo el empleado—. Pero hace años que nadie cancela la deuda.
Y mientras se alejaba, él no estaba seguro de si había escuchado un leve sonido de cadenas o si simplemente se había cerrado otra puerta del banco.


domingo, 23 de noviembre de 2025

Nostálgicos



—¿Has notado que nuestras palabras no tienen eco?
—Sí, y que nuestra sombra no tiene cuerpo.
—Ya no somos los mismos que éramos.
Entonces guardaron silencio. No porque no tuvieran nada más que decir, sino porque empezaban a comprenderlo. Alrededor, el paisaje era idéntico al de siempre, pero algo en él —quizá la luz, quizá el aire— parecía recordarlos como si fueran visitantes antiguos, ya desvanecidos.
—Creo que somos memoria —susurró uno.
—O peor: el recuerdo de un recuerdo —respondió el otro.
Y siguieron andando, con cuidado, no fuera a borrarse también el poco rastro que les quedaba.



domingo, 16 de noviembre de 2025

Metido en el charco





Hay un charco en la noche que, en sus bordes, refleja la luz de la luna. Su silueta asemeja el bocadillo de un tebeo con la superficie oscura. Qué escribir dentro: la noche misma, el pensamiento del día que se va o el sueño que espera. La larga meditación del cuento que es la vida. Al final me doy cuenta de que dentro de ese negro espacio estoy yo.

Y entonces el charco tiembla. No por el viento ni por mis pasos, sino porque la figura que veo allí no coincide del todo conmigo. Me observo desde abajo, como si fuese una versión más sincera y menos domesticada de mi propia sombra. Esa otra presencia me mira, paciente, esperando que descifre el mensaje que no sé formular. Me acerco más y más, hasta que el reflejo extiende un gesto que no recuerdo haber hecho jamás.

Comprendo entonces que no es mi imagen lo que se oculta en ese fondo oscuro, sino mi futuro: una historia aún sin escribir que me mira desde el agua y aguarda a que decida qué poner en su bocadillo de tinta.

domingo, 9 de noviembre de 2025

Invasiones


Durante muchos siglos la Gran Muralla China aguantó innumerables arremetidas mongolas pero con el paso del tiempo no ha podido contener las incursiones bárbaras de los turistas. Ahora llegan en oleadas, armados con cámaras, teléfonos y palos de selfi. No buscan conquistar territorios, sino encuadres. Allí donde antes resonaban ecos de guerra, hoy se escuchan clics y risas en todos los idiomas. Media guardia ha desertado y el resto de guardianes ha dejado de vigilar el horizonte y se dedica a controlar el acceso del wifi.

domingo, 2 de noviembre de 2025

La novela de su vida


Ángel Salmerón comenzó a escribir aquella novela siendo joven, tan joven que aún no sabía que toda escritura es una forma de despedida. La tituló, provisionalmente, como ‘La vida posible’, y se prometió acabarla antes de los cuarenta. Pero aquel libro creció igual que una enredadera que no entiende de promesas. Le robó los días, los amores, los silencios y casi la salud. Cada frase que añadía parecía suplantar una parte de sí mismo.

Al principio contaba la historia de un hombre del montón, alguien que buscaba sentido en las cosas cercanas. Anotaba cómo olía la canela sobre la manzana, el palpitar de los corazones, los resquicios de la luz moribunda, las palabras de rareza fonética. Pero pronto empezó a sospechar que el protagonista de su narración lo imitaba y que escribía los hechos antes que él.

Una mañana al despertar encontró en su cuaderno un capítulo que no recordaba haber escrito. En él, el personaje se levantaba, desayunaba pan con miel, y salía al balcón a mirar la ciudad. Exactamente lo que él había hecho el día anterior.

Entonces comprendió que el libro lo observaba. Que cada palabra, cada párrafo, era un espejo que respiraba. Trató de detenerse, pero no pudo porque el relato lo reclamaba, como si escribir fuera ya una forma de sobrevivir.

Las fronteras se desdibujaron. A veces no sabía si estaba viviendo para escribir o escribiendo para vivir. Su familia lo veía ausente, hablando con personajes que no existían. En las noches, el sonido del teclado se confundía con el de su respiración. A medida que el libro crecía, él se encogía un poco más, como si las páginas se alimentaran de su cuerpo.

Con los años, su memoria comenzó a mezclarse con los episodios de la novela. Recordaba conversaciones que nunca habían ocurrido y olvidaba otras que sí. Un día, al corregir un capítulo, descubrió con horror que su infancia ya no coincidía con la que había escrito. Había descrito una casa distinta, una madre con otro nombre, un perro que jamás tuvo. Pero lo peor fue que al mirar una fotografía antigua, la escena escrita y la imagen impresa eran idénticas.

Desde entonces comprendió que no había vuelta atrás. Cada línea escrita era una línea vivida; cada corrección, una herida. Cuando por fin terminó la novela, pasados treinta años, se sentó frente al manuscrito y no se reconoció. Era él, pero también otro: un hombre hecho de frases, de recuerdos inventados y emociones narradas.

Esa noche, colocó la última palabra y, en ese instante, desapareció. A la mañana siguiente, sobre el escritorio, solo quedaba el libro abierto. En la primera página, escrita con letra temblorosa, alguien había añadido: «Ya no sé si fui quien escribió o quien fue escrito».


domingo, 26 de octubre de 2025

Llegadas


La mujer que viene a verme todos los atardeceres no tiene nombre o quizás lo tenga pero es impronunciable. Es muy atenta conmigo y me habla de cosas imposibles, no porque no puedan ocurrir sino porque cuando pasan todo se detiene y no puedes respirar y se va la luz.

A veces entra sin hacer ruido, como si atravesara las paredes. Se sienta a mi lado y me toma la mano. Sus dedos están fríos, pero no me incomoda. Dice que el tiempo no es una línea, sino una cuerda que se puede tensar o soltar, y que a veces ella viene de un nudo de esa cuerda. No sé si entiendo lo que dice, pero su voz me calma, como si me hablara desde dentro de mi propio sueño.

Le pregunto si volverá mañana. Sonríe sin mover los labios. Luego, todo se apaga. Cuando despierto, la habitación huele a jazmín y hay una silla vacía junto a mi cama.

Esa noche soñé con ella. No entraba por la puerta ni me hablaba: solo me observaba desde el otro lado del espejo, con la misma expresión que tengo cuando recuerdo algo que aún no ha pasado.

Le pregunté quién era.
—Soy tú —respondió—, pero la que decidió no tener miedo.
Me quedé en silencio. Ella sonreía con la serenidad que a mí siempre me faltó.
—Vengo a recordarte que sigues aquí —dijo—, aunque a veces no sepas dónde.

Entonces comprendí por qué su nombre era impronunciable: no era otro, era el mío dicho desde el futuro.

Al amanecer, la habitación seguía oliendo a jazmín. Sobre la mesa, donde la mujer solía sentarse, había un papel con una sola frase escrita con mi letra: “No te olvides de venir a verte mañana.”


domingo, 19 de octubre de 2025

Al otro lado de la calle


La niña observó como la mujer mayor cruzaba con cierta dificultad la calle tirando del carrito de la compra. A cada paso imaginó cómo habría sido cada parte de vida. Una chica ilusionada, una joven apuesta, una esposa diligente, una madre infinita, una mujer luchadora. Al llegar al otro lado de la calle, la mujer mayor volvió la cara hacia la niña y le sonrió. Ese fue el momento en el que pudo reconocerse en aquel rostro.

La sonrisa le devolvió algo que no esperaba: un destello de futuro. Por un instante se sintió atravesada por el tiempo, como si todas esas vidas imaginadas fueran capítulos que aguardaban en ella. La mujer mayor siguió su camino, perdiéndose entre la gente, mientras la niña permanecía inmóvil, con la extraña certeza de haber visto a su propio reflejo adelantado en los años. Desde entonces, cada vez que cruza una calle, lo hace más despacio, como si quisiera aprender el paso exacto con que se llega a ser ella misma.

domingo, 12 de octubre de 2025

La borrasca


Aquella mañana vio cómo por el ojo del huracán subían al cielo las vacas que pastaban junto al arrozal. Al atardecer comenzó a llover arroz con leche. Los niños corrían con cuencos en las manos, celebrando el milagro. Los mayores, en cambio, temblaban: sabían que cada prodigio lleva escondido un precio. Esa noche, mientras las estrellas parecían espolvoreadas de azúcar, alguien preguntó en voz baja qué pasaría cuando el cielo decidiera devolver las vacas.



domingo, 5 de octubre de 2025

La biblioteca anónima



De repente se borraron los nombres de todos los autores, pero ninguno de aquellos libros mermó en el placer de su lectura.

Pronto se supo la causa: un maleficio había caído sobre la biblioteca, castigo por la vanidad de los escritores que competían más por el brillo de su firma que por la hondura de sus palabras.

Las letras permanecieron, los relatos respiraban intactos, pero la soberbia había sido borrada de cada portada como una mancha de polvo.
Desde entonces, leer allí era un acto puro: nadie podía presumir de autoría, nadie podía reclamar méritos. Solo quedaba la voz anónima, desnuda, hablando directamente al corazón de quien la abría.

Dicen que, todavía hoy, aquel hechizo sigue vivo: cualquier libro que entre en esa biblioteca pierde de inmediato el nombre en su lomo. Y tal vez por eso, cada lector sale de ella con la sensación de haber conversado, por fin, con la literatura misma.

domingo, 28 de septiembre de 2025

Plagio


Fiel a su estilo creativo no hizo otra cosa que copiarse a sí mismo. Y fue denunciado por la sociedad de autores. El juicio fue breve. El perito literario presentó pruebas irrefutables: metáforas calcadas, personajes idénticos disfrazados con otros nombres, finales reciclados con apenas un giro de tuerca.

—Usted no evoluciona, repite —dictaminó el juez, golpeando el mazo con tono de sentencia.

Lo condenaron a escribir algo nuevo. Sin ecos, sin homenajes, sin sombras del pasado. A la semana, desapareció. Algunos dicen que vive entre notas a pie de página de sus viejas novelas, buscando una idea que no le pertenezca.



domingo, 21 de septiembre de 2025

Cervantina

 


 

Cuando despertó, don Quijote todavía estaba allí. Sentado al borde del lecho, con lanza en astillero y adarga antigua, repasaba con gravedad un soneto mal rimado que decía haber escrito a Dulcinea en sueños.

—Señor Alonso —balbuceó Cervantes—, ¿no os habíais ido con la cordura?

—¿Y qué gana un caballero con ella? —replicó el hidalgo—. He vuelto, porque el mundo aún requiere locura justa y molinos que recordar.

Fue entonces que, el Caballero de la Triste Figura, a lomos de un dinosaurio, se alejó de allí, no sin antes obsequiarle con una pluma para que, con su único brazo útil, comenzara a escribir.

domingo, 14 de septiembre de 2025

Cambio de hora





Cuando adelantó el reloj se le movió la vida y supo entonces que estaba muerto en esa hora.

A las dos fue padre, a las tres viudo, a las cuatro sospechosamente feliz. Descubrió que cada minuto nuevo era un universo descartado.

Decidió no tocar más el reloj. Lo enterró en el patio, justo a la hora en que nunca fue nadie. Desde entonces vive en un tiempo prestado, sin segundero, donde no se muere —pero tampoco se llega.

domingo, 7 de septiembre de 2025

Escritura onírica


Escribió el cuento dormido y al despertar lo leyó con los ojos cerrados.

Era un texto imposible: no tenía principio ni fin, pero contenía todas las historias. Cambiaba cada vez que lo pensaba y, sin embargo, cada versión era definitiva. En una línea, moría un rey; en la siguiente, renacía una idea.

Intentó transcribirlo, pero la tinta despertaba y huía del papel.

Entonces comprendió que no lo había escrito él, sino un sueño antiguo, quizás de otro Borges, en otra biblioteca sin salida. Y decidió no escribir más: solo dormir, para seguir leyéndose.

domingo, 31 de agosto de 2025

Prisión


Apresado en un reloj de arena se hundió en el tiempo.

Intentó escalar los granos, pero cada segundo era un alud. Al principio gritó; luego tosió años. Finalmente, comprendió que nadie lo había encerrado: él mismo se dio la vuelta.



Leyenda oriental

Cuenta una leyenda oriental que, cierto día, se cerraron las puertas del Paraíso y que todas las oraciones de los fieles no lograron hacerla...