domingo, 18 de enero de 2026

Humillación


El cartel decía: Gane tiempo. La cola, larga y quieta, demostraba lo contrario. El hombre de delante hacía cuentas con una calculadora diminuta, como si aún creyera que el tiempo admite decimales. Yo opté por leer un folleto del banco. En la letra microscópica se aclaraba que todo minuto dedicado a la lectura pasaba a engrosar el capital temporal de la entidad, con interés compuesto.

Cuando llegué a la ventanilla, la cajera me sonrió con la confianza de quien ya me conoce desde hace años. Me informó de que tenía una cuenta abierta a mi nombre y un saldo negativo: debía exactamente el tiempo que había pasado esperando. Pregunté si podía pagar de otra forma.

—Con su silencio basta —respondió, mientras me entregaba un recibo.

En él se leía: Gracias por su visita. Vuelva cuando no tenga tiempo.

Esa noche, mi mujer leyó el ticket y sentenció:
—Esto ya lo escribió Monterroso, pero más corto.

—¿Cuánto más corto? —pregunté.

—Una sola línea: Cuando llegó su turno, el tiempo ya se había agotado.

Intenté guardar el recibo entre las páginas de un libro de Borges, pero el libro creció una página más. Comprendí entonces que el banco no solo administra el dinero: administra la espera. Y que, mientras uno aguarda, ya ha firmado todo.


domingo, 11 de enero de 2026

Leyenda oriental



Cuenta una leyenda oriental que, cierto día, se cerraron las puertas del Paraíso y que todas las oraciones de los fieles no lograron hacerlas abrir para que pudieran entrar las almas que trasmigraban de este mundo. La preocupación y los rezos fueron en aumento, igual que las almas de los difuntos que, desorientados, bajaban de nuevo al mundo con la importante crecida de almas en pena. Llegado un momento tal, el punto crítico del fluido inmaterial de almas, superó en mucho al de cuerpos materiales y colapsó la vida. Desde entonces La Tierra está habitada por fantasmas.

Durante un tiempo se creyó que aquello era transitorio, una especie de atasco celestial comparable a los embotellamientos de las grandes ciudades en la hora punta del karma. Pero los días pasaron sin que ningún arcángel diera explicaciones, y las almas, cada vez más numerosas, comenzaron a adquirir costumbres humanas para no perder la cordura que ya no tenían.

Los más antiguos se instalaron en los áticos, donde el aire corría mejor para sus etéreas constituciones; los recién llegados ocuparon portales, marquesinas y hasta las pantallas de los teléfonos móviles, donde se quedaban pegados como si aguardaran una notificación divina que nunca llegaba.

Con el tiempo se volvieron seres disciplinados: hacían colas para atravesar paredes, pedían turno en los espejos para reflejarse un instante y suspiraban con nostalgia cada vez que veían pasar a un gato, único animal que aún podía distinguirlos con precisión.

La humanidad tardó poco en acostumbrarse a convivir con ellos. Hubo quien montó empresas para ofrecerles cursos de respiración diafragmática —aunque carecían de pulmones—, otros les vendían seguros de ausencia perpetua, y más de uno, con un cierto oportunismo, organizaba visitas guiadas por casas encantadas que hasta entonces habían estado perfectamente vacías.

Pronto se descubrió, sin embargo, que las ánimas desposeídas de cielo eran terribles acumuladoras. Guardaban recuerdos, remordimientos, deseos frustrados y culpas antiguas en cantidades industriales, lo que provocó que los hogares comenzaran a llenarse de un desasosiego espeso que los vivos confundieron con humedad.

A la vista de tal saturación emocional, un grupo de fantasmas ilustrados decidió solicitar audiencia con las autoridades terrenales para negociar su situación. Tras largas deliberaciones, los ministerios no supieron encontrar solución alguna, salvo recomendarles paciencia administrativa, que es la forma humana de decir “esperen a que se arregle solo”.

Finalmente un alma menuda, de expresión apagada y poca estructura ósea —por no decir ninguna—, propuso lo único sensato:

—Quizá debamos aceptar que el Paraíso no está cerrado —susurró—. Quizá simplemente nos han dejado fuera de la lista.

Y desde ese día, cuentan, ya nadie sabe si los vivos son quienes sobran en la Tierra o si los fantasmas son, sin quererlo, los nuevos propietarios del mundo.

Aunque, eso sí, siguen pagando todos el mismo impuesto: la incertidumbre eterna.


domingo, 4 de enero de 2026

Salomé


El catering no estuvo mal. Una de las camareras me sirvió la cabeza de Juan en una bandeja de plata. El resto de invitados aplaudió la puesta en escena sin percatarse de que, mientras brindaban, era Juan quien los observaba con mayor lucidez: por primera vez había perdido la cabeza… y ganado criterio.


El decapitado

Olvidó la cabeza en su casa y comprobó que podía actuar de igual manera. Lo notó, sobre todo, porque nadie hizo ningún comentario. Se duch...