domingo, 22 de febrero de 2026

El decapitado


Olvidó la cabeza en su casa y comprobó que podía actuar de igual manera.

Lo notó, sobre todo, porque nadie hizo ningún comentario.

Se duchó con normalidad, aunque agradeció no tener que cerrar los ojos al enjabonarse. Se vistió con cierto descuido —total, nadie iba a fijarse en su expresión— y salió a la calle.

En la panadería pidió lo de siempre.

—¿Cómo siempre? —preguntó la dependienta.

Asintió. Le pareció un éxito social.

En el trabajo, la mañana fue especialmente productiva. No tuvo dudas, no cambió de opinión, no se distrajo. El jefe incluso le dijo:

—Hoy lo noto más centrado —lo consideró una observación injusta, dadas las circunstancias.

Al mediodía, un compañero le contó un problema larguísimo y absurdo. Él escuchó con paciencia involuntaria. Por primera vez en años, no tuvo que fingir interés. Al volver a casa, encontró la cabeza sobre la mesa del comedor, exactamente donde la había olvidado. Parecía ofendida. La observó un rato. No recordaba que fuera tan pesada. La tomó entre las manos, dudó, y finalmente la dejó donde estaba. Durmió mejor que nunca. A la mañana siguiente, llegó temprano a la oficina. Nadie notó la diferencia.



domingo, 1 de febrero de 2026

La novela de su vida


Ángel Salmerón empezó La vida posible una tarde de lluvia leve; digo “leve” y ya estoy mintiendo, porque lo leve solo se percibe desde lejos, cuando ya ha hecho su trabajo. Era una lluvia interior, de esas que no se ven en el abrigo, pero sí en la manera de mirar la lámpara. Empezó la novela con la convicción clásica —la convicción de los ingenuos y de los optimistas, que son casi lo mismo— de que los libros se terminan a tiempo, como los amores responsables y las enfermedades benignas.

No fue así.

Al principio escribía a ratos, apuntando minucias que parecían destinadas a desaparecer al día siguiente: canela cayendo sobre manzana, luz fatigada de las seis, palabras raras que le gustaban por su música (a Ángel le gustaban las palabras como a ciertos viajeros les gustan los mapas: por lo que prometen, no por lo que explican). El protagonista era un hombre corriente. Y eso lo tranquilizaba, porque la ficción, cuando no te pareces a ella, es un refugio.

El manuscrito creció. Lo digo así, “creció”, y sé lo que estás pensando: metáfora. Pero cuidado con las metáforas, porque son una forma elegante de negar lo que nos asusta.[1] El manuscrito creció con la obstinación de lo vivo: no pedía permiso, no solicitaba autorización, no se disculpaba. Ángel cerraba el cuaderno con la sensación de haberse dejado dentro algo suyo, una hebra, un filamento, una pequeña porción de pecho. (No se alarmaba: uno se acostumbra a perderse por partes).

Una mañana, encontró un capítulo escrito con su letra que no recordaba haber redactado. Esto suena a cuento fantástico, lo sé, y por eso mismo debería ser cierto: la realidad tiende a copiar la ficción en cuanto la ficción le ofrece un procedimiento. El capítulo describía al protagonista desayunando pan con miel, saliendo al balcón, mirando la ciudad. Ángel lo leyó de pie y supo (lo supo de inmediato) que aquello era exactamente lo que él había hecho el día anterior, hasta el detalle del tarro de miel y la forma de apoyar el codo en la barandilla.

“Coincidencia”, pensó. La mente ama los espejos cuando tiene miedo. Pero una coincidencia repetida es otra cosa: una coincidencia repetida es un método.

A partir de entonces intentó corregir la novela (y aquí aparece el primer error de Ángel: creer que la novela era corregible). Quiso desviarla hacia otros escenarios: un trabajo que él no habría aceptado, una calle que no existía, una mujer improbable. El manuscrito resistía. No resistía con violencia, sino con esa obstinación suave de lo inevitable. Y lo inquietante no era la resistencia: era que el texto no discutía. Simplemente seguía.

Empezó entonces el intercambio: Ángel confundía recuerdos con páginas y páginas con recuerdos. (Es una frase bonita, demasiado bonita; cuando una frase se vuelve demasiado bonita, significa que alguien está intentando ocultar algo.) Una tarde corrigió un episodio de la infancia del protagonista: un perro perdido, un abuelo muerto antes de tiempo. Al día siguiente dudó de su propia infancia. Buscó fotografías, preguntó a una tía, llamó a un amigo de juventud. Y el mundo confirmaba siempre lo escrito, como si la realidad se hubiera vuelto dócil, como si el mundo fuera el lector obediente de su manuscrito.

En el álbum familiar apareció el perro. En una conversación casual alguien mencionó al abuelo con exactitud de nota al margen.

Dejó de dormir bien. Empezó a escuchar en las paredes ese silencio que no es vacío sino vigilancia. Temía abrir el cuaderno, no por lo que escribiría (ya no se sentía autor), sino por lo que encontraría ya escrito.

Pasaron años. (La literatura, cuando se prolonga, no es duración: es usura.) El manuscrito se convirtió en una segunda biografía. Y cuando Ángel puso el punto final, lo hizo con solemnidad de sentencia, aunque no supo quién condenaba a quién. Cerró el cuaderno y lo dejó sobre la mesa, bajo la lámpara. No sintió alivio. Sintió una ausencia leve, como si en una habitación contigua se hubiera apagado una luz que llevaba encendida demasiado tiempo.

Soñó esa noche —cómo no— que caminaba por una biblioteca interminable donde los libros respiraban como animales dormidos. Al despertar, el manuscrito estaba abierto por la primera página. La tinta olía a reciente, como si alguien hubiera escrito de madrugada con una tranquilidad doméstica.

Entre el título y el comienzo, alguien había añadido una frase, escrita con un trazo firme, sin dudas:

Ahora ya puede vivir tranquilo. Yo me encargo de recordarlo todo.

Ángel buscó su nombre en la portada. No lo encontró.

Solo el título, más negro que antes, como si se hubiera escrito con la sombra de alguien.

Y entonces comprendió —con esa certeza fría de las cosas que no requieren explicación— que la novela no había sido la historia de un hombre, sino el lugar donde el hombre había sido reemplazado por su relato. (Y aquí debería terminar el cuento. Pero hay finales que no aceptan su papel.[2])

Porque hay novelas que se escriben para sobrevivir.

Y hay otras que, cuando terminan, ya no te dejan sitio para vivir.


Notas

[1] Véase La metáfora como coartada, de E. Niebla (edición inexistente, como todas las ediciones que importan).

[2] Sobre la imposibilidad de cerrar una historia, puede consultarse el volumen apócrifo Teoría del último capítulo, de A. Vértigo, especialmente el capítulo “El final como usurpación”.


Bibliografía apócrifa mínima (para quien quiera seguir perdiéndose)

  • Niebla, E.: La metáfora como coartada.
  • Vázquez, O. R.: Manual de puertas invisibles.
  • M., Lidia: Tratado breve sobre la memoria editable.
  • Vértigo, A.: Teoría del último capítulo.
  • Salmerón, Ángel: La vida posible (manuscrito no localizado).



Coda 

Hay algo que he evitado decir hasta ahora por pudor —o por superstición, que es una forma menor de pudor—: estas páginas no las estoy escribiendo sobre el manuscrito de Ángel Salmerón, sino desde él.

Lo descubrí tarde, cuando quise volver atrás para comprobar un dato (un balcón, un tarro de miel, una lluvia “leve” que quizá no fue tan leve) y noté que el texto ya no estaba donde yo lo había dejado. Había crecido, como crecen las humedades: sin ruido, pero con método. Mis notas al pie habían cambiado de lugar. Y lo peor: algunas ya no eran notas, sino pasajes.

Releí la bibliografía apócrifa —esa lista que añadí para fingir erudición y, de paso, disimular el miedo— y me encontré con un detalle que no recordaba haber escrito: al lado de Teoría del último capítulo figuraba ahora una editorial; al lado de La metáfora como coartada, un ISBN; al lado de Tratado breve sobre la memoria editable, una fecha de depósito legal. Dije en voz alta: “Esto es imposible”, y el manuscrito, con esa crueldad suave de lo inevitable, pareció asentir.

Me conecté a un catálogo (los catálogos son, hoy, la forma burocrática del destino) y tecleé por curiosidad el nombre de E. Niebla. Apareció. No como un fantasma, sino como autor. Había una ficha completa: biografía mínima, tres títulos, una fotografía borrosa en blanco y negro en la que, por algún motivo, me reconocí sin reconocerme. Busqué a A. Vértigo. Apareció también. Busqué a O. R. Vázquez. Apareció. Uno por uno, mis libros inventados estaban ya fuera, circulando, disponibles, reales.

Pensé entonces algo que no me enorgullece: que quizá yo los había creado. Y esa vanidad me duró poco, porque al instante comprendí la inversión: no los había creado yo; me estaban creando ellos.

El manuscrito volvió a abrirse solo por la primera página. Donde antes decía La vida posible, leí La novela de su vida. Y debajo, en una letra que era —o parecía— la mía, una línea nueva: “El narrador empezó a comprender que estaba escrito”.

Intenté cerrar el cuaderno. Me resistió, con una resistencia educada. Volví a intentarlo. Entonces noté que, al mover las manos, las frases se movían también; que mi pulso estaba sincronizado con la sintaxis; que mi respiración marcaba los puntos y aparte. En una esquina de la mesa, donde yo juraría que no había nada, apareció una tarjeta: “Sección: Manuscritos. Registro de ingreso: hoy.”

Entendí, por fin, lo que Ángel había entendido demasiado tarde: que no se trataba de una novela que se parecía a la vida, sino de una vida que empezaba a parecerse a la novela para no desmentirla.

Y aquí debería concluir, porque un buen narrador sabe retirarse a tiempo. Pero el manuscrito, como ya dije, no acepta finales: los utiliza.

Antes de dejar la pluma, miré una última vez la portada buscando mi nombre, por pura terquedad humana.

No lo encontré.

En su lugar había una frase breve, escrita con tinta reciente, como si alguien hubiera pasado de madrugada:

Ahora ya puede narrar tranquilo. Yo me encargo de firmarlo todo.


domingo, 18 de enero de 2026

Humillación


El cartel decía: Gane tiempo. La cola, larga y quieta, demostraba lo contrario. El hombre de delante hacía cuentas con una calculadora diminuta, como si aún creyera que el tiempo admite decimales. Yo opté por leer un folleto del banco. En la letra microscópica se aclaraba que todo minuto dedicado a la lectura pasaba a engrosar el capital temporal de la entidad, con interés compuesto.

Cuando llegué a la ventanilla, la cajera me sonrió con la confianza de quien ya me conoce desde hace años. Me informó de que tenía una cuenta abierta a mi nombre y un saldo negativo: debía exactamente el tiempo que había pasado esperando. Pregunté si podía pagar de otra forma.

—Con su silencio basta —respondió, mientras me entregaba un recibo.

En él se leía: Gracias por su visita. Vuelva cuando no tenga tiempo.

Esa noche, mi mujer leyó el ticket y sentenció:
—Esto ya lo escribió Monterroso, pero más corto.

—¿Cuánto más corto? —pregunté.

—Una sola línea: Cuando llegó su turno, el tiempo ya se había agotado.

Intenté guardar el recibo entre las páginas de un libro de Borges, pero el libro creció una página más. Comprendí entonces que el banco no solo administra el dinero: administra la espera. Y que, mientras uno aguarda, ya ha firmado todo.


domingo, 11 de enero de 2026

Leyenda oriental



Cuenta una leyenda oriental que, cierto día, se cerraron las puertas del Paraíso y que todas las oraciones de los fieles no lograron hacerlas abrir para que pudieran entrar las almas que trasmigraban de este mundo. La preocupación y los rezos fueron en aumento, igual que las almas de los difuntos que, desorientados, bajaban de nuevo al mundo con la importante crecida de almas en pena. Llegado un momento tal, el punto crítico del fluido inmaterial de almas, superó en mucho al de cuerpos materiales y colapsó la vida. Desde entonces La Tierra está habitada por fantasmas.

Durante un tiempo se creyó que aquello era transitorio, una especie de atasco celestial comparable a los embotellamientos de las grandes ciudades en la hora punta del karma. Pero los días pasaron sin que ningún arcángel diera explicaciones, y las almas, cada vez más numerosas, comenzaron a adquirir costumbres humanas para no perder la cordura que ya no tenían.

Los más antiguos se instalaron en los áticos, donde el aire corría mejor para sus etéreas constituciones; los recién llegados ocuparon portales, marquesinas y hasta las pantallas de los teléfonos móviles, donde se quedaban pegados como si aguardaran una notificación divina que nunca llegaba.

Con el tiempo se volvieron seres disciplinados: hacían colas para atravesar paredes, pedían turno en los espejos para reflejarse un instante y suspiraban con nostalgia cada vez que veían pasar a un gato, único animal que aún podía distinguirlos con precisión.

La humanidad tardó poco en acostumbrarse a convivir con ellos. Hubo quien montó empresas para ofrecerles cursos de respiración diafragmática —aunque carecían de pulmones—, otros les vendían seguros de ausencia perpetua, y más de uno, con un cierto oportunismo, organizaba visitas guiadas por casas encantadas que hasta entonces habían estado perfectamente vacías.

Pronto se descubrió, sin embargo, que las ánimas desposeídas de cielo eran terribles acumuladoras. Guardaban recuerdos, remordimientos, deseos frustrados y culpas antiguas en cantidades industriales, lo que provocó que los hogares comenzaran a llenarse de un desasosiego espeso que los vivos confundieron con humedad.

A la vista de tal saturación emocional, un grupo de fantasmas ilustrados decidió solicitar audiencia con las autoridades terrenales para negociar su situación. Tras largas deliberaciones, los ministerios no supieron encontrar solución alguna, salvo recomendarles paciencia administrativa, que es la forma humana de decir “esperen a que se arregle solo”.

Finalmente un alma menuda, de expresión apagada y poca estructura ósea —por no decir ninguna—, propuso lo único sensato:

—Quizá debamos aceptar que el Paraíso no está cerrado —susurró—. Quizá simplemente nos han dejado fuera de la lista.

Y desde ese día, cuentan, ya nadie sabe si los vivos son quienes sobran en la Tierra o si los fantasmas son, sin quererlo, los nuevos propietarios del mundo.

Aunque, eso sí, siguen pagando todos el mismo impuesto: la incertidumbre eterna.


domingo, 4 de enero de 2026

Salomé


El catering no estuvo mal. Una de las camareras me sirvió la cabeza de Juan en una bandeja de plata. El resto de invitados aplaudió la puesta en escena sin percatarse de que, mientras brindaban, era Juan quien los observaba con mayor lucidez: por primera vez había perdido la cabeza… y ganado criterio.


El decapitado

Olvidó la cabeza en su casa y comprobó que podía actuar de igual manera. Lo notó, sobre todo, porque nadie hizo ningún comentario. Se duch...