Tras
fijarme que tenía caducado el Documento Nacional de Identidad desde hace veinte
años, he tomado la drástica decisión de renovarlo. Sobre todo, porque no
acababa de reconocer al tipo de la foto. Un examen de conciencia ciudadana me
encaminó hacia la Comisaría de Policía.
−Buenas.
−Dígame.
−Es
aquí para renovar el carné.
−Sí.
−¿Qué
hace falta?
−Dos
fotografías y el carné antiguo.
−Tome.
−¿Es
usted Juan Pérez Martínez?
−No
estoy seguro.
−¿Cómo
dice?
−Que
a veces siento que no soy esa persona.
−Un
poco de seriedad, eh.
−Es
por mi enfermedad.
−¿Está
usted enfermo?
−Sí.
Tengo un trastorno bipolar serio.
−
¿Eso qué es?
−Que
unas mañanas me siento bien, como el del anuncio del donut, y otras todo lo contrario. Por eso no sé si soy yo u otro.
−Pero
¿usted cambia de apellidos durante el día?
−No.
−Pues
entonces usted es este.
−Vale,
si usted lo dice.
−¿Es
hijo de Juan y Juana?
−De
Juana sí, porque me crió, pero de Juan no sé.
−¿Cómo
que no sabe?
−Es
que yo tengo varios padres.
−A
ver, explíquese.
−Sí
porque a mi madre le hicieron varias transfusiones sanguíneas durante el
embarazo.
−Eso
no cuenta. Su padre es Juan y ya está.
−¿Vive
en la calle del Agua número 7?
−No,
se llama calle Sequía, le han cambiado el nombre; como no llueve.
−Oiga
me está usted impacientando.
−Disculpe,
es por culpa de mi falta de identidad que caducó hace veinte años.
−Ya
veo. Ande, deme el dedo índice de la mano derecha.
−Ese
no. ¿No le importa que sea el de la izquierda?
−Me
parece que usted y yo vamos a acabar mal. Muy mal.
−No
se ponga usted así, hombre. Se lo digo porque el derecho, como lo utilizo mucho
para señalar, lo tengo un poco gastado e igual las dactilares salen un poco
cubistas.
−¿Acaso
tengo cara de tonto? ¡Traiga acá el dedo ahora mismo o se lo corto!
−Vale,
no se me irrite que igual le afecta el síndrome scriba infensus.
−Quiere
dejar de decir chorradas de una vez. Y ahora deme el pulgar.
−Sabía
usted que gracias a que el pulgar se opone a los otros cuatro dedos hemos
podido evolucionar. Sin él ni usted ni yo sería lo que somos.
−Me
tiene harto. Son 6 con 45 euros.
−Ah,
pero hay que pagar por tener identidad.
En ese momento observé como la
cara de aquel hombre enrojeció hasta un color rojo sanguina. Parecía que sus
ojos se le iban a salir y dejó de respirar. Inmediatamente cayó al suelo.
Dijeron que era un infarto. Entonces otro señor se me acercó y me dijo:
−Vuelva
usted mañana.
Pero no he vuelto, a fin de cuentas,
prefiero ser un sujeto no identificado.
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