El pianista se lesionó los dedos a propósito. Quería sentir en cada tecla que pulsara belleza y dolor. Brotaron entonces las notas teñidas de un rojo carmesí y los dedos vendados y ensangrentados, tocaban con una intensidad desgarradora. Cada tecla era una punzada de dolor, una explosión de belleza.
El público, en un silencio sepulcral, observaba fascinado. La música, impregnada de sufrimiento y pasión, los transportaba a un mundo de emociones encontradas. La belleza del sonido se mezclaba con la crudeza del dolor, creando una experiencia única e inolvidable.
El pianista, con el rostro empapado en sudor y lágrimas, no se detenía. La música era su catarsis, su forma de expresar lo que las palabras no podían. A través del dolor, encontraba la belleza, y a través de la belleza, encontraba la redención.
Las notas finales resonaron en la sala, dejando un vacío que
solo el silencio podía llenar. El público, conmovido y atónito, se levantó en
un aplauso atronador. El pianista, exhausto pero victorioso, se inclinó ante
ellos, con una sonrisa que reflejaba la satisfacción del deber cumplido.
A partir de ese día, el pianista fue conocido como el artista del dolor. Su música, impregnada de una sensibilidad única, cautivaba a todos los que la escuchaban. El público acudía en masa a sus conciertos, ansiosos por experimentar esa mezcla de belleza y sufrimiento que solo él podía ofrecer.
De laguna forma hay que sentir eso que hemos perdido.
ResponderEliminarSaludos,
J.