domingo, 28 de diciembre de 2025

Ejemplar único


Si se arrojara una Enciclopedia Británica a un agujero negro ¿desaparecería la información de todos los ejemplares? La pregunta me obsesionó durante los invernales años que administré la Biblioteca Nacional. Recuerdo que un joven físico, tal vez israelita, me la formuló en 1983, el año en que murieron mi madre y la tipografía Caslon. Le respondí que no: el agujero negro, ese ojo sin párpados del universo, no destruye sino que traslada la información a su horizonte, donde se estampa como la letra de un libro cerrado para siempre. Pero aquella noche, en el sexto sueño de una serie, soñé que yo era el agujero negro y que la Enciclopedia era mi autobiografía. Al despertar comprendí la sospecha de los escolásticos: quizá no hay ejemplares, sino un solo libro que vive en todos los lugares a la vez, y arrojarlo al vacío es devolverlo al manuscrito original, que es el alfabeto, que es el punto, que es la nada que lo contiene todo. La información no desaparece: simplemente deja de ser nuestra para ser del tiempo, que es otro nombre del olvido.


domingo, 21 de diciembre de 2025

Ficción súbita



Diego levantó la vista del nanocuento que leía y observó, sorprendido, como una mujer, sentada frente a él en el vagón del metro, escribía un microrrelato de un viajero llamado Diego que leía frente a una escritora de cuentos, un relato hipercorto. Entonces Diego bajó la vista. El cuento había terminado.

domingo, 14 de diciembre de 2025

El misterio chino



Primero fue lo del abuelo chino. Nadie le vio morir y menos enterrarle, pero un día dejó de toser en el balcón. ¿Alguien ha visto sepultar a un chino en este país? Después fue lo de los rollitos de primavera ¿cómo podían saber igual en cualquier restaurante chino donde fueras? Luego estaba la cara de la simpática camarera que te ofrecía un chupito de licor de lagarto al terminar la comida y que siempre era la misma, pero que cada vez parecía como si hubiera una nueva. Para terminar no me explicaba cómo podían cocinar tan rápido y quién guisaba porque para tantos platos faltaban manos. Y entonces estuve observando el reloj de la pared, que siempre adelantaba siete minutos, y pensé que quizás era la hora de China, porque cuando llegabas a las tres y media, ya estaban cerrando. Pero ¿cómo cerraban si nunca los habías visto abrir? Yo pasaba por la mañana y ya estaban allí, con el mismo vapor de siempre, y por la noche, al volver, la puerta ya tenía la cerradura puesta pero ellos seguían dentro, moviéndose detrás del cristal empañado. Alguna vez les llamé a timbrazo vivo, y aquella muchacha que siempre era la misma pero distinta a la vez, bajó la persiana con un gesto que no era de enfado ni de prisa, sino de alguien que cumple una ley que uno desconoce. Y el dinero tenía que ser exacto si pedías para llevar y no llevabas el dinero exacto, te miraban sin pestañear hasta que sacabas otro billete y entonces te daban el cambio sin contarlo, porque ya sabían de antemano cuánto tenías en el bolsillo. Llegué a pensar que el lagarto del licor no era lagarto, sino algo que les sobraba del guiso, un trozo de algo que no habías pedido pero que igual sabía. Y así, con estos pensamientos, dejé de pasar por delante. No porque tuviera miedo, sino porque el misterio me había hecho perder el apetito, y es difícil comer sin hambre en un lugar donde hasta el tiempo parece contarse con otros utensilios.



domingo, 7 de diciembre de 2025

Viaje interior


En el tiempo que recorre las venas de la ciudad hay un líquido acuoso para los supervivientes, aquellos que pululan por los márgenes difusos.

Lo beben en dosis pequeñas, casi rituales, como si ese fluido transparente pudiera recordarles quiénes fueron antes de convertirse en sombras urbanas. Dicen que, al cerrar los ojos, el líquido proyecta paisajes que ya no existen iguales a ríos sin cemento, árboles que no sabían de cables eléctricos, cielos no rasgados por antenas y donde cada trago es un regreso breve a un lugar imposible, un viaje interior hacia lo perdido.

Pero al abrir los ojos, la ciudad sigue allí siempre vasta, extensamente exhausta, latiendo a un ritmo que devora a los que se detienen demasiado, y por eso los supervivientes siguen avanzando por los bordes, aferrados a ese líquido que no alimenta el cuerpo, sino la memoria.

Y aunque nadie lo admite, todos temen el día en que la última gota se evapore, porque entonces, sin viaje interior, la ciudad sería solo superficie y ellos, nada más que ruido.

La novela de su vida

Ángel Salmerón empezó La vida posible una tarde de lluvia leve; digo “leve” y ya estoy mintiendo, porque lo leve solo se percibe desde le...