Ángel
Salmerón empezó La vida posible una tarde de lluvia leve; digo “leve” y
ya estoy mintiendo, porque lo leve solo se percibe desde lejos, cuando ya ha
hecho su trabajo. Era una lluvia interior, de esas que no se ven en el abrigo,
pero sí en la manera de mirar la lámpara. Empezó la novela con la convicción
clásica —la convicción de los ingenuos y de los optimistas, que son casi lo
mismo— de que los libros se terminan a tiempo, como los amores responsables y
las enfermedades benignas.
No
fue así.
Al
principio escribía a ratos, apuntando minucias que parecían destinadas a
desaparecer al día siguiente: canela cayendo sobre manzana, luz fatigada de las
seis, palabras raras que le gustaban por su música (a Ángel le gustaban las
palabras como a ciertos viajeros les gustan los mapas: por lo que prometen, no
por lo que explican). El protagonista era un hombre corriente. Y eso lo
tranquilizaba, porque la ficción, cuando no te pareces a ella, es un refugio.
El
manuscrito creció. Lo digo así, “creció”, y sé lo que estás pensando: metáfora.
Pero cuidado con las metáforas, porque son una forma elegante de negar lo que
nos asusta.[1] El manuscrito creció con la obstinación de lo vivo: no pedía
permiso, no solicitaba autorización, no se disculpaba. Ángel cerraba el
cuaderno con la sensación de haberse dejado dentro algo suyo, una hebra, un
filamento, una pequeña porción de pecho. (No se alarmaba: uno se acostumbra a
perderse por partes).
Una
mañana, encontró un capítulo escrito con su letra que no recordaba haber
redactado. Esto suena a cuento fantástico, lo sé, y por eso mismo debería ser
cierto: la realidad tiende a copiar la ficción en cuanto la ficción le ofrece
un procedimiento. El capítulo describía al protagonista desayunando pan con
miel, saliendo al balcón, mirando la ciudad. Ángel lo leyó de pie y supo (lo
supo de inmediato) que aquello era exactamente lo que él había hecho el día
anterior, hasta el detalle del tarro de miel y la forma de apoyar el codo en la
barandilla.
“Coincidencia”,
pensó. La mente ama los espejos cuando tiene miedo. Pero una coincidencia
repetida es otra cosa: una coincidencia repetida es un método.
A
partir de entonces intentó corregir la novela (y aquí aparece el primer error
de Ángel: creer que la novela era corregible). Quiso desviarla hacia otros
escenarios: un trabajo que él no habría aceptado, una calle que no existía, una
mujer improbable. El manuscrito resistía. No resistía con violencia, sino con
esa obstinación suave de lo inevitable. Y lo inquietante no era la resistencia:
era que el texto no discutía. Simplemente seguía.
Empezó
entonces el intercambio: Ángel confundía recuerdos con páginas y páginas con
recuerdos. (Es una frase bonita, demasiado bonita; cuando una frase se vuelve
demasiado bonita, significa que alguien está intentando ocultar algo.) Una
tarde corrigió un episodio de la infancia del protagonista: un perro perdido,
un abuelo muerto antes de tiempo. Al día siguiente dudó de su propia infancia.
Buscó fotografías, preguntó a una tía, llamó a un amigo de juventud. Y el mundo
confirmaba siempre lo escrito, como si la realidad se hubiera vuelto dócil,
como si el mundo fuera el lector obediente de su manuscrito.
En
el álbum familiar apareció el perro. En una conversación casual alguien
mencionó al abuelo con exactitud de nota al margen.
Dejó
de dormir bien. Empezó a escuchar en las paredes ese silencio que no es vacío
sino vigilancia. Temía abrir el cuaderno, no por lo que escribiría (ya no se
sentía autor), sino por lo que encontraría ya escrito.
Pasaron
años. (La literatura, cuando se prolonga, no es duración: es usura.) El
manuscrito se convirtió en una segunda biografía. Y cuando Ángel puso el punto
final, lo hizo con solemnidad de sentencia, aunque no supo quién condenaba a
quién. Cerró el cuaderno y lo dejó sobre la mesa, bajo la lámpara. No sintió
alivio. Sintió una ausencia leve, como si en una habitación contigua se hubiera
apagado una luz que llevaba encendida demasiado tiempo.
Soñó
esa noche —cómo no— que caminaba por una biblioteca interminable donde los
libros respiraban como animales dormidos. Al despertar, el manuscrito estaba
abierto por la primera página. La tinta olía a reciente, como si alguien
hubiera escrito de madrugada con una tranquilidad doméstica.
Entre
el título y el comienzo, alguien había añadido una frase, escrita con un trazo
firme, sin dudas:
Ahora
ya puede vivir tranquilo. Yo me encargo de recordarlo todo.
Ángel
buscó su nombre en la portada. No lo encontró.
Solo
el título, más negro que antes, como si se hubiera escrito con la sombra de
alguien.
Y
entonces comprendió —con esa certeza fría de las cosas que no requieren
explicación— que la novela no había sido la historia de un hombre, sino el
lugar donde el hombre había sido reemplazado por su relato. (Y aquí debería
terminar el cuento. Pero hay finales que no aceptan su papel.[2])
Porque
hay novelas que se escriben para sobrevivir.
Y
hay otras que, cuando terminan, ya no te dejan sitio para vivir.
Notas
[1]
Véase La metáfora como coartada, de E. Niebla (edición inexistente, como
todas las ediciones que importan).
[2]
Sobre la imposibilidad de cerrar una historia, puede consultarse el volumen
apócrifo Teoría del último capítulo, de A. Vértigo, especialmente el
capítulo “El final como usurpación”.
Bibliografía apócrifa
mínima (para quien quiera seguir perdiéndose)
- Niebla, E.: La metáfora
como coartada.
- Vázquez, O. R.: Manual
de puertas invisibles.
- M., Lidia: Tratado breve
sobre la memoria editable.
- Vértigo, A.: Teoría del
último capítulo.
- Salmerón, Ángel: La vida
posible (manuscrito no localizado).
Coda
Hay algo que he evitado decir hasta ahora por pudor —o por superstición, que es una forma menor de pudor—: estas páginas no las estoy escribiendo sobre el manuscrito de Ángel Salmerón, sino desde él.
Lo
descubrí tarde, cuando quise volver atrás para comprobar un dato (un balcón, un
tarro de miel, una lluvia “leve” que quizá no fue tan leve) y noté que el texto
ya no estaba donde yo lo había dejado. Había crecido, como crecen las
humedades: sin ruido, pero con método. Mis notas al pie habían cambiado de
lugar. Y lo peor: algunas ya no eran notas, sino pasajes.
Releí
la bibliografía apócrifa —esa lista que añadí para fingir erudición y, de paso,
disimular el miedo— y me encontré con un detalle que no recordaba haber
escrito: al lado de Teoría del último capítulo figuraba ahora una
editorial; al lado de La metáfora como coartada, un ISBN; al lado de Tratado
breve sobre la memoria editable, una fecha de depósito legal. Dije en voz
alta: “Esto es imposible”, y el manuscrito, con esa crueldad suave de lo
inevitable, pareció asentir.
Me
conecté a un catálogo (los catálogos son, hoy, la forma burocrática del
destino) y tecleé por curiosidad el nombre de E. Niebla. Apareció. No como un
fantasma, sino como autor. Había una ficha completa: biografía mínima, tres
títulos, una fotografía borrosa en blanco y negro en la que, por algún motivo,
me reconocí sin reconocerme. Busqué a A. Vértigo. Apareció también. Busqué a O.
R. Vázquez. Apareció. Uno por uno, mis libros inventados estaban ya fuera,
circulando, disponibles, reales.
Pensé
entonces algo que no me enorgullece: que quizá yo los había creado. Y esa
vanidad me duró poco, porque al instante comprendí la inversión: no los
había creado yo; me estaban creando ellos.
El
manuscrito volvió a abrirse solo por la primera página. Donde antes decía La
vida posible, leí La novela de su vida. Y debajo, en una letra que
era —o parecía— la mía, una línea nueva: “El narrador empezó a comprender que
estaba escrito”.
Intenté
cerrar el cuaderno. Me resistió, con una resistencia educada. Volví a
intentarlo. Entonces noté que, al mover las manos, las frases se movían
también; que mi pulso estaba sincronizado con la sintaxis; que mi respiración
marcaba los puntos y aparte. En una esquina de la mesa, donde yo juraría que no
había nada, apareció una tarjeta: “Sección: Manuscritos. Registro de
ingreso: hoy.”
Entendí,
por fin, lo que Ángel había entendido demasiado tarde: que no se trataba de una
novela que se parecía a la vida, sino de una vida que empezaba a parecerse a la
novela para no desmentirla.
Y
aquí debería concluir, porque un buen narrador sabe retirarse a tiempo. Pero el
manuscrito, como ya dije, no acepta finales: los utiliza.
Antes
de dejar la pluma, miré una última vez la portada buscando mi nombre, por pura
terquedad humana.
No
lo encontré.
En
su lugar había una frase breve, escrita con tinta reciente, como si alguien
hubiera pasado de madrugada:
Ahora
ya puede narrar tranquilo. Yo me encargo de firmarlo todo.
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