domingo, 19 de abril de 2026

Empirismo



Los amantes se arrancaron los ojos para respaldar la tesis de que el amor es ciego. No lo hicieron por desesperación, sino por método. Primero discutieron. Luego diseñaron el experimento. Acordaron condiciones, tiempos, incluso posibles conclusiones. Querían saber si, al eliminar la vista, el amor persistía o se desvanecía como un error de percepción. Se vendaron antes de hacerlo, por respeto al proceso. Después vino la oscuridad. Al principio, todo fue torpe: manos que no encontraban, voces que se buscaban a tientas, silencios demasiado largos. Pero poco a poco aprendieron a orientarse en otra forma de cercanía: el calor, el pulso, la respiración.
—¿Sigues ahí? —preguntó uno.
—Más que antes —respondió el otro.
Durante días, se amaron sin imagen. Sin embargo, algo empezó a cambiar. Las palabras se volvieron más precisas, pero también más frías. Los gestos, más cuidadosos, pero menos espontáneos. La certeza crecía, pero con ella, una distancia extraña. Una noche, uno de ellos dijo:
—Creo que ahora te entiendo mejor. Y el otro, tras un largo silencio, le contestó.
—Yo ya no te reconozco.
Entonces comprendieron el fallo. El amor no era ciego. Era, en realidad, lo único que aún miraba.



No hay comentarios:

Publicar un comentario

Empirismo

Los amantes se arrancaron los ojos para respaldar la tesis de que el amor es ciego.  No lo hicieron por desesperación, sino por método.  Pri...